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sábado, 5 de enero de 2019

La caza nocturna (relato corto)

Ahora recuerdo aquella noche con nostalgia, pero eso es ahora, abrigado por la seguridad del salón y el fuego de la chimenea.
Era otoño y recuerdo nítidamente sus palabras ... vamos niño, es hora.
Me colgué la mochila sobre el impermeable y ajusté las correas.
Al salir de la casa volví la cabeza, madre tenía pintada la preocupación en su rostro, pero no me importó mucho, era necesario y total, que más daba que lloviera; el agua y la oscuridad eran esa noche nuestros aliados. Al llegar a la linde se nos unió Pepe, fumaba.
Nos alejamos hacia los campos, al fondo del paisaje había un pequeño bosquecillo de árboles bajos y tupidos, ese era nuestro destino. La lluvia amortiguaba nuestros pasos y a nuestra derecha la carretera comarcal se iluminaba de tarde en tarde. Formamos un círculo. De la mochila salieron las dos pequeñas carabinas de aire comprimido y dos linternas, Pepe hacía rato que tenía la suya a mano.
Tras probar el funcionamiento nos adentramos más profundamente en el bosquecillo, alumbrando la ramas bajas; ahí estaban los pájaros, como  bolas de plumas bajo la llovizna.
Comenzamos a cazarlos con estudiada parsimonia, uno a uno caían y eran nuestra felicidad.
Poco tiempo después, un ruido alertó a mi padre, luces cuchicheó, apagamos la linternas y casi a la carrera le seguí; Pepe había desaparecido.
Agachados nos dirigimos a la carretera, aprovechamos cada montículo para pasar desapercibidos, al poco gateabamos y al final nos arrastramos hasta la acequia que bordeaba la carretera.
Metidos en agua hasta la barbilla esperamos, tenía frío, pero no dije nada.
Sentí el roce de unas botas justo sobre mi cabeza y una voz que decia: joder, esos están por aquí.
Un haz de luz iluminó la hierba delante de nosotros y a pesar del frío tuve que contener la risa.
Pasó algún tiempo y por fin los pasos se alejaron por la carretera, al poco se oyó un motor y el todo terreno de la Guardia Civil se alejó definitivamente.
Empapados pero felices nos dirigimos hacia la linde de casa. Pepe se nos unió y comentó lacónicamente: han estado cerca.
Mi padre me miró y ambos sonreimos: si le dijo, como a una cuarta y pasando la mano por mí cabeza río. 
Sacó un cigarrillo de una bolsa de plástico hermética, celtas pude leer. Encendió uno y mirando al cielo expulsó una gran bocanada de humo.
Ya en casa y con el amanecer despuntando, contamos las capturas: 24 gorriones y 10 pelirrojos, un par de alcaudones y otras dos docenas de pajarillos más.
No está mal, eh!
Yo sonreí tiritando de frío y madre me señaló una pila llena de agua caliente.
Al medio día comimos arroz con pajarillos y mis hermanas me miraban como si ya fuese un chico mayor.
Fue la última vez que salí a cazar pajarillos por la noche.

Fin

Rafa Marín

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