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miércoles, 25 de agosto de 2021

Nubes y ojos

El cielo está nublado,
como unos ojos tristes,
que quieren ser estrellas.
Sueño,
y en mis sueños se desviste,
esta vida que he llevado
y que a ratos fue tan bella.
El dolor se ha marchado,
como una niña alegre,
recorriendo las cunetas.

Rafa Marín

martes, 24 de agosto de 2021

Un encuentro.

Buscar entre el agua y la espuma,
esa esponja suave y caprichosa,
que es en mis manos caricia deliciosa,
recorriendo tu piel cual suave pluma.
Nos llega la hora de este sueño,
que reparador no queremos ahora,
porque nuestras bocas ya se devoran,
cuerpos que son olas entre silencios.
Vaiven lleno de tímidos te quiero,
en el palpitar de tu bella rosa,
sedienta mi boca en ti se ahoga,
como un mastín en los barreños.
La madrugada ya vencida está,
susurra la alondra su llegada,
es mi pecho cálida almohada,
donde, tu, niña, encuentras la paz.

Rafa Marín

A un mendigo

Bajo el azul escondido,
en estas nubes que pasan,
las aceras con sus brillos,
de su pobreza me hablan.
No mira el juego de los niños,
ni prisas que no le dan nada.
Es sólo un par ojos perdidos,
con un vaso que no canta.
La lluvia le volvió olvidó,
salpicadura de los paraguas.

Rafa Marín

Piel

Mientras besaba su piel en otra piel,
porque de tanto amar,
hasta de amar se olvidaba.
Yendo. ¡Oh! Destino cruel,
de boca en boca y su sed no saciaba.
Mientras náufrago el mar cruzaba,
para ahogarse sin entender,
que no sabe nada el amor,
de las insalvables distancias. 

Rafa Marín

lunes, 23 de agosto de 2021

Tu páramo

En este páramo de frío y nieblas,
en el que mi voz no te alcanzará;
porque eres la hoja que vuela,
caprichosa de aquí para allá.
Dejo un reguero de sangre y letras,
que duro el amor tener que suplicar,
cuando sé que serías dócil cometa,
por un frágil hilo dejándose atar.

Rafa Marín

Me dejó

Me dejo con las ganas,
con la miel de sus labios,
fuera de mi boca me dejó.
Escapó como un hada,
que mi ego de pena mató.
Ella, que todo lo sabe,
ahora no quiere saber nada.
Se volvió noche que arde,
como el rastrojo en la mañana.

Rafa Marín

domingo, 22 de agosto de 2021

Locura

Que locura escribir versos.
Miras el ayer y piensas:
Tanto decir para morir,
con lo que llevas puesto.
Un ataúd que es cartón,
un rato de humo sin infierno,
una copa de polvo gris,
que esparcen a los vientos.
Para qué este escribir,
cuando sabes que estás,
como la vida, muriendo.

Rafa Marín 

Un instante

Me paro un instante,
como no mirar,
esos ojos hundidos,
en tanta necesidad.
Son el vuelo perdido,
es la tarde que se va,
empujando a los estorninos, 
con el ocaso a bailar.

Rafa Marín 

sábado, 21 de agosto de 2021

La Veela (relato corto)

El pelotón, tras una larga y penosa huída al completar  la misión, y  amparados por la noche, se internó en aquel bosque viejo y frondoso. Se movían como silenciosas panteras, sin hacer ruido, sin quebrar una sola rama, eran ocho fantasmas cansados y hambrientos.
Tras comprobar por enésima vez que nadie les perseguía, colocaron unas trampas y se pusieron a descansar bajo las ramas de un gran y viejo nogal.
Llovía mansamente y la frondosidad del árbol les protegía de la lluvia. Comieron de sus raciones de combate, para luego acomodarse lo mejor posible y esperar al amanecer.
Los turnos de guardia fueron tranquilos hasta que, justo antes de las primeras luces del alba, uno de ellos la vio.
Emitió la tenue señal de alerta y señaló a un punto determinado. 
Todo el grupo la vio, solo un instante, justo antes de desaparecer como un rayo de luna.
Se desplegaron en abanico y corrieron hacia allí. Nada, no había nada, pero todos reconocieron que era una mujer y parecía estar desnuda.
Intrigados y temiendo que fuera alguien que diera la posición del pelotón, decidieron rastrearla. Ya estaban a punto de desistir, cuando uno de ellos, descubrió una huella. ¡ Ya la tenían!
Aquí y allá, iban descubriendo las señales de las pisadas, poco a poco se internaron más y más en el bosque.
El día paso, siempre bajo la llovizna, los ocho hombres, olvidaron su hambre y su sed y su cansancio. Necesitaban capturar a la mujer y asegurarse de que no los delataría.
Llegó la noche y mientras buscaban refugio, la volvieron a ver.
Esta vez en un pequeño claro.
Con un hábil movimiento de pinza, la rodearon y ahí estaba. Una joven hermosa, de largos cabellos y cuerpo perfecto.
La joven mujer, en vez de asustarse, les sonrío y comenzó a cantar a la vez que iniciaba una danza sensual e hipnótica. 
El grupo, cansado y empapado, al principio miró con cierta incredulidad, ninguno hizo un gesto agresivo, simplemente se dedicaron a mirar maravillados la escena.
El jefe del pelotón, tomó una galleta energética y se la ofreció con una sonrisa amable.
Ella levantó los ojos y mirándolos indulgente, extendió sus brazos; todos cayeron al suelo inconscientes.
Despertaron casi a la vez, estaban en el interior de una cueva. Un alegre fogata iluminaba un círculo y proyectaba sombras sobre las paredes. Había también bandejas con carne asada y frutas, vino dulce y perfumado y se sentían descansados y seguros.
Ninguno dijo nada, simplemente comieron y bebieron y volvieron a dormir.
Descansaron unos días, no se preocuparon de hacer guardias y sus temores fueron olvidados.
Ninguno de ellos supo nunca, que en ese mismo bosque y en los días que ellos estuvieron en ese bosque, unas veelas, habían matado a todos sus perseguidores.

La misión del equipo había consistido en liberar a un grupo de mujeres presas del ejército serbio, ayudándolas a cruzar la frontera, para volver a territorio enemigo y esperar en aquel bosque las nuevas órdenes.

Fin

Rafa Marín

viernes, 20 de agosto de 2021

Dormir

Dormir acunado en una ola,
entre tules de espuma y sal,
para al amanecer despertar,
con la fresca brisa que rola.
Olvidado, nadie me recordará,
triste alma que al mundo asoma,
buscando en el verbo un hola,
que le saque de esta soledad.

Rafa Marín

Los recuerdos (relato corto)

Se miró al espejo y sólo vio las nieblas del pasado, un pasillo tan estrecho que apenas mostraba una estrecha franja de luz. Tembló como un brote tierno bajo la lluvia en primavera. 
Dio un paso atrás y luego otro y otro hasta quedar con la espalda pegada a la pared, pero nada, por mucho que se alejara, el espejo siempre permanecía a la misma distancia; gris, frío e impertinente.
La mujer sacudió la cabeza, se arreglo el pelo, fingió una sonrisa y se dirigió hasta el salón donde todos esperaban.
Desde lo alto, vio como todos la miraban. Pero esta vez, vio las medias sonrisas y las miradas furtivas. Tragó saliva y descendió los peldaños como si la escalera descendiera a los infiernos.
En cada escalón le invadía un recuerdo, una ansiedad del pasado sin curar.
Aquella vez que impotente vio como los soldados invadían su hogar, el miedo en la cara de aquellos hombres sucios y vociferantes. La muerte de su hermano al caer del viejo pino con un nido en las manos. La noche en la que empujó a su amante para ocultar su infidelidad.
Ahora, descendiendo esa escalera, se sintió vieja y adulada, no era más que una heredera que no hizo nada por amor.
Solícito, su nuevo y joven marido, le ofrecía un brazo, un apoyo que no necesitaba. Lo miró y se dejó llevar.
Era su cumpleaños y no podía decepcionar a aquella manada de gentes interesadas.
Tomo la copa la levantó y con voz apagada, brindó por todos.
La fiesta se alargó hasta tarde y fingió no ver como su adorable marido salía con una joven y atractiva chica a los jardines. Ella había hecho lo mismo otras veces, nada importaba.
Ya en su alcoba, tumbada y sin sueño, le llegaron otros recuerdos.
Los mendigos de las calles en ruinas, las chicas que vendían su cuerpo por un cartón de tabaco o por un poco de dinero. Aquel chico que soñaba ser poeta y al que por error mataron.
Se durmió con una lágrima en la mejilla.
El amanecer la sorprendió como nos sorprende una ráfaga de tiros al torcer una esquina.
Desayuno sola, como lo hacía casi siempre.
Hizo un par de llamadas y luego pidió que prepararán su coche, tenía asuntos que resolver.
Su chófer y guardaespaldas, le abrió la puerta del automóvil, pero ella decidió sentarse en el asiento del copiloto.
Con su cara carente de todo rastro de emoción, Anselmo, preguntó.
- ¿A dónde quiere ir, señora?
- No lo sé, respondió, me gustaría sentir el pulso de la ciudad.
- Bien, quizás deberíamos empezar por los barrios obreros.
- Si, dijo la mujer.
Durante el trayecto, miró la silueta del horizonte, la sinuosa carretera, todo parecía distinto. La luz y el cielo se mostraban con toda su fuerza.
La ciudad los acogió con a todos, entre ruido, humo y atascos.
El barrio era tranquilo, personas que caminaban su quehacer diario entre saludos y sonrisas.
Anselmo aparcó junto al mercado, la mujer lo miró y éste, sonrió. 
- Aquí se mide el pulso de la ciudad, dijo y le guiñó un ojo.
Por vez primera no sintió pánico, solo era una más entre el bullicio y las voces que inundaban en recinto.
Anselmo, le guió hasta un bar, en un rincón del edificio.
Tomaron café y ella se dejó envolver por el olor a pan tostado.
Hablaron de los precios de la fruta, de las bondades del pescado y del trabajo de los carniceros.
Tras la primera visita, Anselmo, la llevó a la zona industrial.
Allí, una ingente masa humana, se afanaba en entrar o salir de las fábricas o llenaba los restaurantes de menú o simplemente hacía corrillos entre el humo del tabaco.
Anselmo, eligió un restaurante lleno de carteles con fotos de su oferta culinaria. Se sentaron en una mesa junto a la ventana y siguieron hablando.
Esta vez sobre salarios, horas y huelgas. Los enfrentamientos con la policía, las barricadas y el miedo.
La mujer observaba a su empleado, el brillo en la mirada de este y sin poder evitarlo le preguntó.
- ¿Cómo sabes todo eso?
- Muy fácil, señora, mis padres trabajaba allí, dijo señalando a un edificio.
Él, se dejó arrastrar por los recuerdos y habló de las noches frías, los apagones y la desesperanza. De la ropa heredada, de los juegos en un parque sin columpios y de los viejos que nada esperaban.
- ¿Son buenos recuerdos? Preguntó la mujer.
Anselmo, cerró los ojos y negó con la cabeza.
- Sabe, dijo sin abrirlos, fueron tiempos difíciles. Las drogas, la carestía de casi todo y la falta de ilusiones, se llevaron a muchos. Sólo han cambiado los días, en el fondo todo sigue igual.
- Pero parecen felices, repuso la mujer.
- Que remedio, aquí, también saben disimular.
La mujer miró al chófer y su mirada vidriosa.
Permanecieron en silencio mientras comían.
Ya de vuelta en el vehículo, Anselmo, la llevó a las afueras, a las carreteras comarcales, donde las prostituta se ofrecían.
Ella, miró y con voz queda dijo.
- Nada ha cambiado, todo sigue igual, como en mis recuerdos.
Pidió volver a casa, ahora sabía que nada cambia, todo es igual, sólo cambia el recuerdo, que con el tiempo se va retorciendo hasta hacerse llevadero.

Fin
Rafa Marín

miércoles, 18 de agosto de 2021

El camino (relato corto)

Le seguía la pequeña polvareda que levantaban sus pies al caminar. Fijo en su mirada, un horizonte que se confundía con la noche. Por delante de él, el camino y su alargada sombra.
Atrás entre el tiempo y la distancia, quedaron su vida y toda la esperanza que puede un hombre tener.
Caminaba, porque para eso le dieron piernas y voluntad, mas nunca se quejaba; le enseñó la vida que llorar no siempre trae una teta de la que mamar.
Pero ya nada importaba, pues el horizonte se acercaba y él sólo deseaba llegar.
Dormir en los collados era cuanto quería, sentir el frío en la madrugada, la lluvia cuando caía y el cálido sol en la espalda.
Alguna vez se sintió acogido, otras tropezó con muros inexpugnables, pero casi siempre, recibió el saludo de los que menos tienen.
El camino le descubrió verdades, mentiras y el amor de tarde en tarde, como piedra o como el vuelo de una paloma, pero siempre fue un solitario siempre avanzar.
Busco la frondosa sombra y en los limpios arroyos sació su sed.
Del hambre conoció hasta los apellidos, pues en sus bolsillos sólo le cabían sus manos vacías y un poco de papel.
Cuando la fortuna le sonreía, la abrazaba sin preguntar y de su desdicha nunca hizo ni pregón ni gala.
El camino avanzaba y ya no se preguntaba ni dónde terminaba ni que le traería, pues descubrió que todo es bueno y malo, cuando no es peor.
Hizo un alto, más para tomar aliento que para descansar. Alimentó su insaciable necesidad y sonrió, pues aún estando allí, se sentía vivo y capaz.
Dormir siempre fue su sueño, para poder abrir los ojos y contemplar el amanecer junto al mar.
Así, día tras día, sin bajar nunca la cabeza, esperando que ese horizonte lejano se detenga y se deje alcanzar.

Fin

Rafa Marín

jueves, 12 de agosto de 2021

El extranjero (relato corto)

Hasta hacía una horas, era el hombre más temido de Belgrado. Ahora, desnudo y atado a una silla, miraba suplicante al grupo de hombres que al fondo de la habitación fumaba entre risas.
La puerta se abrió y entró una mujer con una mochila. El hombre de la silla comenzó a llorar.
La mujer entregó la mochila a uno de los hombres, al que llamaban el extranjero. Éste, apuró el cigarrillo, y sacó de la mochila un martillo y un cincel. Los demás, disimuladamente, tragaron saliva y salieron.
- Bueno, ya sabes lo que viene ahora. Dijo. ¿Me lo vas a decir?
El hombre atado, dio nombres, teléfonos, direcciones, lo dio todo.
El extranjero salió y al poco volvió con otros dos del grupo anterior.
Desataron una mano del prisionero y el extranjero, sacando dos clavos enormes, se la clavó a la mesa. Entre aullidos, suplicaba la piedad que el nunca tuvo. 
De un puñetazo le hicieron callar.
El extranjero tomó el cincel y comenzaron las verdaderas preguntas.
Cinco horas después, entró de nuevo la mujer. Todo estaba salpicado de sangre y esparcidos por el suelo, varios trozos de dedos.
El extranjero sonrió.
- Ahora, si sabemos la verdad.
Hizo un gesto a uno de los hombres, este entregó el blog a la mujer. Tenía escritos tres nombres, con direcciones y teléfonos. Todos sabían que eran tres muertos que aún se sentían seguros en sus madrigueras. 
La mujer rozó la cara del extranjero.
- No tardes mucho -dijo la mujer con suavidad- hay que salir esta noche.
Uno de los hombres amartilló un revólver y ejecutó al prisionero, ya no podían sacarle nada más.
Todos salieron dejando atrás al que hasta hacía unas horas, era el hombre más poderoso de Belgrado.

Fin

Rafa Marín

miércoles, 11 de agosto de 2021

Ella

Se asoma como lo hace la reina,
desde el balcón de su bondad,
desprendida de toda majestad,
con su mirada mi boca incendia.

Rafa Marín

La duna

Se rompe la duna en olas,
de un caer tan salvaje,
que del mar susurros trae
y en arena los pinos ahoga.

Rafa Marín

martes, 10 de agosto de 2021

Insistir

Esta losa que hoy sostengo,
que mi nombre aún no lleva,
pues ando en duras querellas,
mientras a la parca entretengo.

Rafa Marín

jueves, 5 de agosto de 2021

Otra noche

 Despertar cada día,

del letargo de una noche,

que como todas está vacía.

Abrir la ventana y,

ver los trenes partir;

esa dulce melodía de las gentes,

que para mí querría.

Mi mundo se vuelve urgente,

mi necesidad vuelve a querer vivir.

Como en el ocaso los estorninos,

mientras en su vuelo danzan,

me recuerdan todo de ti.


Rafa Marín

miércoles, 4 de agosto de 2021

Estar

Estoy aquí tirado,
bajo un cielo oscuro,
que me trae viejos recuerdos.
Miro, espero una estrella fugaz,
busco un pequeño deseo,
un ápice de esperanza,
un minúsculo señuelo.
Quizás mañana sea;
un radiante amanecer
y se lleve mis miedos,
pero ahora estoy tumbado,
bajo un cielo fío y negro

Rafa Marín

lunes, 2 de agosto de 2021

Y me mira

Y me mira y la miro y,
el universo se hace pequeño,
en la profundidad de sus ojos.
Y me mira y la miro y,
me hago fragil cual hoja en otoño.
Y me mira y la miro y,
cuando cierra los ojos, lloro.
Y me mira y la miro y,
El tiempo a su lado, vale más que el oro.

Rafa Marín

Hay

Hay una nada que espera,
entre la sombra y el orto.
Al fresco de una mañana,
que se aferra en mis ojos.
Hay un sueño de almohada,
una canción vuelta rastrojos.
Una verdad desnuda hay,
entregada a los abrojos.
Hay en la noche lunas,
reflejadas en un pozo.

Rafa Marín

domingo, 1 de agosto de 2021

El camino

Descubrir bajo el cielo,
la línea infinita de un camino.
Reposar los pies cansados
y no querer mirar atrás.
Tantos miedos he perdido,
bajo mis suelas está la paz,
el silencio de los vencidos.
En el pecho un suspiro,
y en las manos nada más,
que el recuerdo de lo vivido.
A dónde me llevará el camino,
¿al final encontraré la paz?
A veces con el regusto amargo vivo,
de quizás a la vida,
haberle pedido más.
Noches en vela de llanto,
no las quiero en mi funeral.
Que me recuerde allí sentado,
mientras un verso en mi boca,
por última vez sonará.

Rafa Marín