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sábado, 21 de septiembre de 2019

El canal ( relato corto)

El canal de riego, discurría sobre la ladera del pequeño monte poblado de árboles y matorrales. Era ancho, unos diez metros y con tres o cuatro de profundidad. Tenía el perfil de un trapecio invertido, por lo que era relativamente fácil entrar y salir de él. Su caudal constante, irrigaba las huertas que diseminadas en perfectas cuadrículas, se dibujaban paralelas a su discurrir.
Durante los meses de verano, niños y no tan niños, lo aprovechaban para combatir el calor, aprovechando cualquier escusa para meterse en sus aguas.
Los más avispados hacían pequeños barquitos y los seguían, a veces por kilómetros. Nada había más excitante que ver aparecer estos barquitos al otro lado de aquellos tramos, en los que el canal, por la orografía o por la intersección caminos, estaba oculto por grandes losas de hormigón.
Aquel día, amenazante de lluvia, los tres chicos, salieron pronto de sus casas. Cada uno de ellos, bajo el brazo, sujetaban sus barcos. Estaban hechos con hojas secas de palmera, con mástiles y toscas velas pegadas, a varillas de junco. Nada más verse, corrieron al encuentro, entre risas.
Cada uno mostró su creación, que salvo pequeños matices, eran básicamente iguales.
Los chicos, descalzos, descendieron la áspera losa del canal y los depositaron sobre la superficie del agua, lugo empezaron el acompañamiento de las pequeñas "carabelas" en su venturoso navegar el mismo.
El día avanzaba y los tres aguerridos navegantes, bajaron a las huertas, allí, fueron obsequiados con higos, melocotones y como no un pequeño melón amarillo, que les hizo felices.
Al pie de un camino, devoraron la fruta y recordando sus naves, corrieron de vuelta en post de los barcos.
Tras mucho caminar, les dieron alcance justo cuando estos iniciaban el paso por uno de los tramos cubiertos.
Para los niños, el paseo se dividía en dos fases, estar corriendo o ir corriendo a ver algo en los aledaños. Así que corrieron hasta la salida al exterior del cauce de agua por el otro lado del montículo. Se sentaron a esperar, pero llego el atardecer y los barcos no aparecieron.
Desilusionados, tomaron el camino de vuelta a casa, el sol dibujaba delante de ellos largas sombras y pronto olvidaron los barcos, el rugir de sus tripas priorizó sus necesidades.
Los veranos y los juegos, poco a poco los fue convirtiendo en hombres, luego el destino los separó. El tiempo se volvió vórtice y cada uno de ellos envejeció como pudo. Por fin, un día la muerte les volvió a reunir, el menor de los tres, una mañana amaneció ahogado en el canal.
Durante el funeral, entre recuerdos y anécdotas salió por casualidad la historia de los barquitos y el canal. Entonces, rompiendo a llorar, la hija del difunto salió del salón. Al poco regresó, en sus manos traía tres trozos semi podridos de hojas de palmera.
- Le encontraron abrazado a ellas, dijo.

Fin

Rafa  Marín


Tus manos

Me llaman tus manos,
son como la lluvia derramada,
que desborda los charcos.
Lágrimas dulces y lentas,
que recorren mi cara
y empapan este corazón,
que de prado se viste.
Tus manos, tierra mojada
y también pinar embriagado,
de sabia y agujas,
que me han conquistado.

Rafa Marín

Bajo el temporal

Bajo este temporal,
que son tu risa y ojos,
cuando enamorada te pierdes
en los brazos de otros,
me quedo sin vida.
Soy un triste muñeco roto,
en la mansa lluvia del ayer,
que dio vida a los prados,
y de la que no queda nada,
sólo un dolor en mi memoria.
Este ventanal sin luz,
que sintió los abrojos,
de tus crueles mentiras,
se va abriendo al sur,
ciudad que ya no habitas.
Rafa Marín

Viene

Viene a mi encuentro,
como la niebla a los valles,
silenciosa como un paso de luna.
Sus ojos lo dicen todo,
me gritan que calle,
que la vida se le hace dura.
Pero, le muestro mis manos,
manchadas de sangre,
tan duras y sucias,
tan llenas de calle.
Sigue ahí, mirando,
con ojos de grulla,
un pulso inquietante,
entre su verdad y la mía.
La recuerdo, una juventud perdida,
con sus labios pintados,
que de miedo tiritan.
Como llegó se va yendo,
arrastrando sus males,
desde la lejana cuna.

Rafa Marín

viernes, 20 de septiembre de 2019

Me repudian

Me repudian por mis ideas,
pero de ellas nace puro,
mi fiel sentimiento.
Escribo, y en cada letra maldigo,
la tiranía de estos gobiernos.
Infames, gentes que encadenan,
con sus leyes a mi pueblo.
Ninguna verdad es más cierta,
pues nunca será libre,
quien a un rey alimenta.
Rafa Marín

Me mira

Me mira, segura y dulce, sólo musita,
un inconmensurable ven.
No soy más que una rama que tiembla,
justo antes de arder.
Todo es silencio,
amor que con palabras,
describir no sé.
Se detiene un instante,
el tiempo cruel.
Me mira, sonriente y dichosa,
como la flor cubierta de rocío.

Rafa Marín

jueves, 19 de septiembre de 2019

Tantos sueños

Tantos sueños perdidos,
tanta gloria en la venas,
tantos miedos vividos y,
ahora tú me dejas,
sin la miel de tus labios.
Tantas mañanas muertas,
tantas tardes de abrigo,
tantas carreras sin meta,
y ahora tú,
con los ojos cerrados,
me buscas a tientas.
Desencuentros que son
gigantescos molinos,
al pie de una carretera.
Un hogar encendido,
va quemando esa leña,
de aquel viejo olivo,
que cumplió sus promesas.
Para qué todo ha servido,
si se están volviendo quejas,
en una razón sin sentido,
paradojas con moraleja.
Rafa Marín

El nuevo ( relato corto)

En el bar de la esquina, los taburetes no están para sentarse. Son como policías antidisturbios; altos, negros y amenazantes.
Están alineados en una escueta barra, y los clientes miramos desde cierta distancia a los manjares que en ella se ofrecen. Vamos, cómo se miran los toros desde la segunda posición de la barrera.
Hoy ha venido alguien nuevo (clente) y se ha sentado en uno de esos taburetes. Enseguida se ha creado una muda expectación, solo faltaba el doble de unos tambores de circo.
Las chicas que tienen el bar, Liam sonriendo y con naturalidad, han puesto una bandeja delante de él, invitándole a retirar de las mesas las tazas, platos y restos de los surgentes desayunos.
El, nos ha mirado de hito en hito y al ver nuestra curiosidad, se han puesto en pie diciendo:
" buenos días, me llamo pepe. Soy nuevo en el barrio, quiero que sepas que esto lo haré solo por esta vez.
Nosotros, le hemos contestado con una memorable ovación.
Por supuesto, se le ha invitado al desayuno y como no podía ser de otra forma, se le ha sometido al interrogatorio por el que todos hemos pasado.

Fin

Rafa Marín

Se asoman

Se asoman como perlas,
al brillo de mi mirada,
coronados del carmín,
que robó su belleza al coral.
Y sonríes e imagino,
que me vienes a besar.
De esta feliz locura me alimento,
como si no existiera nada más.
Solo la dulzura de tu aliento,
que mi piel quiere abrasar.
Rafa Marín

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Las llaves ( relato corto)

Como sé que no les importa, lo voy a contar.
La historia comienza con un salto de fe, ya saben, hacer algo que contraviene la lógica, pero con el convencimiento de que saldrá bien.
Bueno, pues el salto de los huevos, salió disparatadamente mal.
Aterrizó en mitad de una acera completamente encharcada. Los transeúntes, entre prisas y miradas de sorpresa, le pisotearon sin miramientos, alguno, incluso se subió a su espalda para mirar sobre el mar multicolor de paraguas. Mientras intentaba ponerse en pie, aturdido y dolorido como estaba, miró al balcón del primer piso, no vio a nadie. Soltó un exabrupto y una mujer guapa y elegantemente vestida, le soltó un rodillazo en plena cara.
- ¡Imbécil! Parecían decir los ojos de ella.
Por fin pudo incorpararse, braceó entre la multitud y alcanzó un portal donde protegerse.
Se toco a conciencia, extremidades, torso y cabeza, y salvo el dolor en su orgullo, todo parecía estar bien.
Era otoño y, la lluvia se marchó entre los grandes claros que las nubes, ya menos negras fueron dejando.
Se acercó al portal de su casa, pero no tenía las putas llave. Así que haciendo de tripas corazón, pulsó el botón del interfono de su vecina.
- ¿Si, quien es?
La voz le pareció untuosa, casi como la de una mantis religiosa, si estas pudieran hablar, claro está.
- Ma..María, tartamudeo, soy Luis, ¿puedes abrirme, por favor?
- Claro, dijo.
Al sonar el chasquido, empujó la pesada puerta de hierro forjado, tomó aire y enfiló sus pasos hacia el ascensor.
Se demoró, como si cada paso lo llevara a una muerte segura. Pulsó de nuevo otro botón, un 1 negro, se remarcó sobre el amarillo translúcido, se apoyo sobre el espejo y suspiró.
Al abrirse la puerta del cubículo del elevador la vio.
Ahí estaba María.
De edad indeterminada, regordeta y con la bata intencionadamente entre abierta.
- ¿Estás bien? Dijo María, con aquella voz, que se le antojó peligrosamente letal.
- ¿En que puedo servirte?
- Vamos, María, ya sabes que quiero.
- Tú también sabes que deseo yo, contestó la mujer, abriendo descaradamente la bata.
Luis, suspiró y dejando que sus brazos cayeran abatidos, agacho la cabeza.
La mujer se pasó obscenamente la lengua por los labios y se hizo a un lado.
Luis, dio un paso y luego otro, con lentitud. De repente echó a correr hacia la terraza, se subió a la baranda del balcón y tomando, aire saltó.
Esta vez casi lo consigue, golpeó con su cuerpo la valla del balcón de su casa y se precipitó al vacío.
Como pudo se incorporó. volvió al portal.
- Esta es la trecera, se dijo, a la tercera va la vencida.
- ¿Si?
- Abre, María, tú ganas.
Entró en casa de su vecina y corrió, pero la puerta del balcón estaba cerrada.
María la abrazó y lo desnudo, mientras literalmente se lo comía a besos.
Hicieron el amor, una y otra y otra vez. Luis, se sorprendió de la habilidad de María para provocar erecciones en su cuerpo maltratado por las caídas. Ya de madrugada, una vez satisfecha la fogosa mujer, comenzó a vestirse, una sonrisa se dibujaba en su cara, cabeceó y dio un beso sobre el hombro de la mujer.
Esta ronroneó y siguió durmiendo.
Tomó los pantalones y oyó el ruido metálico le las llaves de su casa al caer.
Rompió a reír a carcajadas, se desvistió de nuevo y se tumbó junto a María, abrazándola excitado.

Fin

Adiós sirenas

Adiós sirenas de los cristales,
adiós sueño y mi verdad.
Tanto amar quisiera,
como olas tiene el mar.
Pero llega su mirada,
ojos que no se renegar.
Mi diosa, mi compañera,
un ángel que me quiso mirar.
Y se vuelve toda tristeza,
cuando mi canto oye llorar.
Me mira y dice, -no tengas penas-
la luz de la aurora te aliviará.

Rafa Marín

Piensas

Llega la madrugada
y sientes que todo es nada,
un cielo de estrellas
y los duros pétalos de sal.
Sólo piensas, ¿llegará la mañana,
y la alondra volverá a cantar?
¿Qué más te puede pasar?
Duerme, sonríe y calla,
el día te traerá la felicidad,
esa que tanto mereces
y que nadie te puede negar.

Rafa Marín

Tu susurro

Tu susurro en mi oído,
dulce canto de sirena
y mis labios en los tuyos,
mientras tapas mis orejas.
Yo no te puedo oír
y de eso no te quejas,
porque no me dejas decir,
lo que la prudencia aconseja.
Tú, que no paras de gemir
y yo, de tu mar soy:
quilla, mástil y velas.

Rafa Marín

lunes, 16 de septiembre de 2019

El horror

Del cielo llega una andanada,
barro, piedras, árboles, fuego,
a cámara lenta todo salta.
Un reguero de muerte y miedo,
con su caudal nos arrastra,
para hacernos zozobrar, siento.
Qué duras son algunas batallas,
¡Vamos! ¡Vamos! ¿Que hemos hecho?
Masacramos a la pacífica vida,
con nuestra suelas de hierro.
¡Ni un paso atrás! manada,
somos los lobos que vagamos,
cachorros del mismísimo infierno.
Rafa Marín

Se ocultan

Se ocultan tus ojos de nácar,
entre la espuma y la arena,
los míos que son tristeza,
en la medianoche callan.
Suena en tus oídos la mar,
los míos de silencio se llenan
porque tu voz no se derrama,
cuando anhelan tu cantar.

Rafa Marín

Cae la noche

Cae la noche,
con su manto de paz,
con sus huéspedes de cartones
y la más dura pobreza;
aceras de la desolación.
Brilla la luna pero,
nada cambia,
en esta tierra que me acogió.
Intereses y buenos deseos,
¿qué podría hacer yo?
¿Levantarme y gritar basta?
Cerrar los ojos es lo mejor.
Rafa Marín

Cuanta...

Cuanta paz perdida,
en oscuras noches de insomnio.
Aceras levantando ecos,
como disparos de trinchera.
Cuantas miradas que invitan,
cuantas manos que lloran.
Cuanta soledad maldita,
muchedumbre que rola,
como el viento en las esquinas.
Cuantos cuanta, cuántos.
Tantos como las oscuras vidas.

Rafa Marín

domingo, 15 de septiembre de 2019

Sofía ( relato corto)

Sofía era una niña feliz, cada día despedía con una sonrisa y dos besos a su papá. Lo miraba montarse en la moto y desde la acera le decía adiós, cuando éste se iba a trabajarPor la tarde, lo esperaba para verlo regresar. Él la subía consigo y daban una vuelta a la casa, riendo.
A Sofía le gustaba llevarle un gran vaso de agua. Lo tomaba con ambas manos y caminaba muy despacito, para que no se derramara ni una sola gota. Su padre la miraba, y como siempre, riendo, inclinaba la cabeza y decía.
- Muchas gracias, Sofía.
Luego, la tomaba en brazos y la besaba.
Sofía tenía un hermano algo mayor, Pepe. Ella siempre lo observaba, sobre todo cuando lo veía estudiar. Tan serio y tan callado. A veces, Pepe, la dejaba garabatear en su cuaderno y le leía lo que estaba haciendo.
Pepe, siempre la ayudaba y cuando volvía del cole le traía un flor.
La casa en la que vivían, aunque grande, era una casa humilde. La construyeron el papa y la mamá de Sofía, ladrillo a ladrillo, desde los cimientos hasta la pequeña veleta con forma de gallo que resaltaba sobre la chimenea.
A Sofía le gustaba mirar a la veleta y a las nubes pasar.
A la mamá de Sofía, le gustaba tenerla incordiando en la cocina. Pese a tener sólo cuatro años, ya ayudaba, bueno eso creía Sofía. La verdad es que era un torbellino de risas y juegos. Pero a su mamá la hacía feliz tenerla allí. A veces provocaba algún pequeño desastre y corría a esconderse bajo la escaleta con Curro, el perrillo de su hermano.
La vida de Sofía, era esa vida que todos hemos soñado e incluso envidiado. Que se recordara, sofía sólo había llorado una vez, fue cuando empezaba a caminar y se tropezó, rascándose una de las rodillas, pero ya no lo recordaba.
Sofía, aguardaba con infantil impaciencia a que llegara el viernes siguiente, era el cumpleaños de papá y harían para él, una fiesta sorpresa. Se pasaba horas y horas decorando un dibujo que le haría como regalo, y aunque se le había escapado más de una vez, su papá parecía no haberse enterado.
Los días, según sofía, se hacían largos y el viernes, no quería llegar. Por fin, el jueves, llegó y durante la cena, Sofía, entre guiños cómplices y risas, pidió irse a dormir. Su padre la llevó a su cuarto y mientras le contaba un cuento, Sofía se durmió con una luminosa sonrisa.
El viernes, el desayuno fue especial, había tortitas con miel y zumo de melocotón. El ritual de cada día se repitió, aunque esta vez, permaneció más rato diciendo adiós a su papá. El día se hizo largo, pero así tuvieron tiempo para  decorar toda la casa. Había globos y farolillos, incluso una piñata que colgaba del limonero del jardín.
Aun faltaba una hora para que el padre de Sofía regresara, pero la niña se sentó afuera a esperarlo. Cada poco se levantaba y poniendo una manita a modo de visera, miraba al fondo de la calle.
Por fin, pudo ver como se acercaba su papá con la moto. Empezó a palmotear y a dar saltos. Al llegar al cruce, la moto fie arrollada por un camión, Sofía, dio un paso atrás, asustada, tropezó y se golpeó en la nuca. El padre murió en el acto y la niña, quedó en un coma irreversible a causa del golpe.
Sofía permaneció años en ese estado, su madre y su hermano, cada día pasaban horas hablándole y tomando una de sus manos.
Un día, mientras su hermano le tenía una mano asida, Sofía abrió los ojos, miró a su hermano y sonriendo, a la vez que dejaba escapar una lágrima, dijo.
Felicidades, papá.
Después volvió a sumirse en la inconsciencia y unas horas más tarde murió.

Fin
Rafa Marín

viernes, 13 de septiembre de 2019

La acequia

Entre el verde y el ocre,
de unas quebradas descompuestas,
acompañada por el brillo
y los murmullos,
se desliza el agua
que alimenta la huerta.
Es la acequia,
que de la mano del hombre
dio su fruto en la vega;
un camino que mi mirada refleja,
en estas cortas tardes de otoño.
Rafa Marín

Casualidad

Paso de la vigilia al duerme vela,
con la sensación de que todo se me escapa.
Sueños que se condensan,
como el vaho de mi mirada,
esa boca que se abre al infierno y sé,
que no tengo nada.
Vuelo de un otoño que ya llega,
un amanecer entre las cañas.
El silencio es una ventana abierta,
una nube que no se mirar,
la brisa que espuma levanta
y ese mar que espera.
Como si fuera solo la casualidad,
que en estos cristales se encierra.

Rafa Marín

jueves, 12 de septiembre de 2019

Los poetas

De entre las sombras
que la luna despierta,
su voz se va colando,
ora como un susurro,
ora como un leve canto.
Es el poeta que se acerca,
como una culebra en el árbol,
abriendo su alma inquieta,
su oído está endulzado.
No temas niña pizpireta,
porque serás su primer bocado.
No le importa el despecho,
de quien ahora es afortunado,
ni teme al fatal lance,
ni a la daga del burlado.
Él, vive esa gloria cruel,
de un beso hurtado.
Así que, jóvenes amantes,
del poeta guarden cuidado.
Una vez que su ojo acierte,
dense ya por engañados.
Rafa Marín

martes, 10 de septiembre de 2019

Vida

De entre las manos se escapa,
a veces solo es tiempo acumulado
y otras, ambición que nos reclama.
Un juego de niño en sus manos,
para terminar atado a la cachaba,
por los achaques y los años.
En la juventud que no acaba,
gloria de los cálidos veranos
y amores escondidos entre las cañas.
Se vuelve urgencia en el trabajo,
mientras la obligación arrebata,
la poca paz que has conquistado.
La vida, entre amores gastada,
sueños feroces de triste milano,
nos va convirtiendo en presas,
para decir: amigo, juego terminado.

Rafa Marín

domingo, 8 de septiembre de 2019

La luz

Sueño con la luz de una mirada
y me despiertan el reloj y el colirio;
alivio para mis ojos rotos,
una distorsionada nada,
la visión del caleidoscopio.
Todo son fríos azules y,
sueños de atardeceres rojos.
Ya me perdí en este camino,
un tornado de recuerdos,
que giran en la oscuridad.
La cama es casi salvación,
un ejército de abstemios,
que de gritarme no para.
Rafa Marín

Bruma

Hay una heladora bruma,
enrredada en mis huesos.
Es la noche eterna que,
los que no somos buenos,
compartimos entre deshechos.
Sueños que son madrugadas,
amaneceres sin cielos.
Los viejos recuerdos,
rituales sangrientos
del omnipresente ayer.
Como cuando ruge el mar,
la brisa de sus lamentos,
desarbolando los trapos,
arrancando ayes del pecho.
La furia rompe contra el muro,
embestidas del profundo yo,
una mano tendida al vacío,
noche eterna en mi dolor.
La niebla, cristal sucio y roto,
se llena con esta lágrima,
que tantea en el suelo,
manos heridas por el sudor.
Rafa Marín

sábado, 7 de septiembre de 2019

Siempre tú y solo tú

Te vistes de calle y ríes,
me miras despacio y dices;
niño, ¿dime que tal estoy?
En mi ojo te ves preciosa,
un ángel que para mí vive.
Te puedo medio imaginar,
cuando con Ricard juegas.
Tú, sin ser sirena me cantas
y sin ser Circe me embrujas,
para hacerme el más feliz.
Para ti, la más dulce esposa,
la mujer que me dio su si,
estas pequeñas estrofas,
que cada día renuevan en ti.
Rafa Marín

viernes, 6 de septiembre de 2019

La oscuridad

La oscuridad cubre mi mirada,
flashes blancos y horizontes,
una marea verde, que resignada,
pugna con el silencio a voces.
No hay paz, ni las manos blancas,
solo esta negrura tan enorme,
eterna y fría como la madrugada,
que las almas impías esconde.
El silencio que nadie rompe,
las olas que no tienen playa,
no hay nubes para que asome,
ni sol, ni luna, ni tú, ni nada.
Mi voz se volvió un canto mediocre,
llanto mordiendo a la almohada,
tus ojos que de mi se esconden,
porque el dolor los atrapa.
Este sudor que hoy me empapa,
humedad que baña mi orbe,
castigando mi mar salada,
que fue siempre batir de cobres.

Rafa Marín

La última noche

Es nuestra última noche,
sabemos que vamos a morir
y ya nada nos importa.
Nuestros ojos se pierden,
en esa cálida mirada,
que no dice y que,
no hace falta que diga nada.
Es esta última locura,
que entre besos urgentes,
nos arranca la ropa,
para tirarnos al frío suelo,
como si fuésemos alimañas.
Las horas son un suspiro,
ya se asoma la madrugada.
Amarilla se filtra la luz pero,
no se oye el canto de la alondra.
La vida se perdió en esperas,
ahora que llegó la última noche,
la dejamos huir entre urgencias.
No habrá un fruto de amor,
ni siquiera habrá un adiós.
Solo gemidos en el frío suelo,
un infierno que abre sus puertas,
para decirnos, sed bienvenidos.
Rafa Marín

martes, 3 de septiembre de 2019

La torre ( relato corto)

Bajo la luz de la luna, en aquella playa junto a Valencia, quedan humeantes los restos de mil hogueras. Durante todo el día se han quemado cadáveres, muchos moros y también muchos cristianos. El poeta llora a la muerte de su señor y comie nza con mano firme el cantar de Mío cid.
Cuenta una leyenda, que mucho tiempo más tarde, un sultán de Granada, temiendo perder la ciudadela de La Alhambra, buscó en la biblioteca un libro de magia que pudiera ayudarle. Rebuscando entre los manuscritos encontró un poema que Abu-I-Walid al Waqqasi, escribió tiempo atrás. .. Si, este poema era El Cantar de Mío Cid.
El sultán, casi por casualidad, empezó a leerlo y pronto quedó atrapado por la grandeza de este caballero cristiano. Acuciado por la necesidad, buscó a una bruja por toda la Vega de Granada, sin otra intención que despertar al Cid.
De todas las conocidas, ninguna se sentía poderosa para tan complicado hechizo y cuando el sultán estaba a punto de desistir, le llegó un nombre al oído. El sultán Muhammad VII, corrió a buscar a esta mujer y le prometió hacerla rica si conseguía poner al Cid a su servicio.
La mujer, ya vieja y sin deseos aparentes, le dijo que como pago quería que se edificara una torre en su nombre. El rey accedió y la víspera del combate contra los cristianos, la bruja al pie de la muralla de ladrillos rojos, invocó al Cid Campeador.
Aparentemente no ocurrió nada, pero cuentan, que antes del amanecer, un espectral caballero y su ejercito de fieles, sacudió la hueste cristiana, la cual huyó despavorida, librando así a Granada de la amenaza.
La bruja, fue a ver al sultan y a reclamar su premio, pero este se negó a pagar lo prometido.
La bruja maldijo al rey moro y éste, al que llamaban el zurdo por su destreza con la cimitarra, la decapitó de un mandoble. Al sultán se le quedó grabada la última frase de la bruja.

"Tú, construirás mi torre con tu dolor"

Los años pasaron lentamente y nada perturbaba la paz en el reino. Muhammad se sentía dichoso y su única preocupación era la felicidad de sus tres hijas.
Una mañana, los cristianos mandaron a una legación para proponer unos acuerdos al sultán de Granada, ante lo ventajoso del trato, Muhammad se relajo, y dio permiso a sus hijas para asistir a la cena.
Todo fue bien, pero a la mañana siguiente, dos de las princesas, habían huido con sendos caballeros cristianos y Zoraida, la más pequeña, fue capturada por la guardia. La joven princesa, renegó de la autoridad del sultán y éste invadido por el dolor, construyó una torre y encerró de por vida en ella a la princesa. Cuando le preguntaron que con que nombre se llamaría a la torre, el sultán entre lágrimas dijo:
- La torre de la bruja, así debéis llamarla.
Fin
Rafa Marín

lunes, 2 de septiembre de 2019

Te vas

Hoy eres sombra y te vas,
con la lentitud de las tardes de verano,
con la dulzura con la que se derrama la miel,
ausencia que amarga la risa de mis labios.
Te vas y aunque se el porqué,
no quiero aceptarlo.
Flor que quise recoger
y que resbaló de mis manos.
Te vas, adonde, no lo sé,
pero no quiero imaginarlo.
La sombra azul del ciprés,
bajo la luna esta bailando,
los recuerdos de tu querer,
que mis ojos atraparon.
Rafa Marín

domingo, 1 de septiembre de 2019

El reflejo en una mirada ( relato corto)

El muchacho, no sabía que le iba a pasar, pero la guardia de palacio, entre empujones y miradas torvas, lo empujaba escaleras abajo.
- ¿Ha merecido la pena? Pregunto un guardia, a la vez que cerraba la puerta enrejada a su espalda.
- Si, contestó en voz baja.
La joven hija del Sultán, permaneció encerrada en su alcoba. Por palacio corrían rumores sobre ella y un joven y hermoso cristiano al que la guardia sorprendió al amanecer mientras huía por la muralla que pegaba al Albaicín.
¿Qué será de la princesa y su amante?
Cuando el hecho llegó a oídos del Sultán Ismail, éste entró en cólera, hizo llamar al jefe de la guardia, quería saber toda la verdad sobre esa historia.
El capitán, conociendo los arranques desproporcionados de su señor, se demoró al acudir a la llamada, así recapacitará.
Los jardines que conducían al generalife, estaban atestados de cortesanos, emisarios y soldados de la guardia. El día estaba soleado y se percibía el perfume de las flores, el canto de las acequias y el murmullo de las fuentes.
- Lástima, pesó mientras entraba en el gran salón del trono.
Ismail, le dirigió una fugaz mirada, pero suficiente para que el soldado comprendiera la preocupación del sultán.
El sultán, con un gesto imperceptible, indicó a su jefe de la guardia que pasara al gabinete privado.
Apremió al enviado del rey de castilla y con una sonrisa aceptó el presente.
- ¿Quién es el muchacho? casi gritó al entrar en la pequeña habitación.
- ¿Qué sabes de él?
- Mi señor, respondió el capitán, esperaba sus órdenes para interrogarlo.
El sultán, se atusó la perilla y con una mirada encendida de odio ordenó.
- Quiero saber todo, nos podría ser útil si es de noble familia.
- ¿Y si no lo es? Repuso el guardia.
- ¡Mátalo!
- ¿Y la princesa?
- Ya veremos...
En la mal iluminada mazmorra, la noche más larga había empezado.
El amanecer, trajo como cada día el canto de los pinzones, el aroma de las rosas y el murmullo de los saltos de agua.
En la mazmorra habían cesado, los gritos de dolor y angustia, el chasquido del látigo, las preguntas...
Las tropas del sultan aguardaban, enfrente, las tropas cristianas hacían lo mismo.
En mitad de la Vega de Granada, dos legaciones buscaban un acuerdo antes de la batalla campal.
El cónsul árabe entrega una nota al general cristiano. Este la lee y pide tiempo para que su señor la lea.
Han pasado dos días y llega la respuesta.
No hay acuerdo.
Ahí comienza el desastre de la Vega Granada.
Un verdugo, cimitarra en mano, decapita al muchacho de cuerpo quebrantado y ojos ya ciegos.
El general cristiano, aún lloroso por la ejecución de su hijo, lleva al desastre al ejercito.
La joven princesa, mientras se dirige al puerto de Málaga, presa del dolor por su destino, salta al vacío en una quebrada.
Sólo el sultán en su trono parece feliz.
Dos jóvenes sacrificados por unos años de paz, su hija y el joven osado, que enamorado, dejó salir al sol, para verse reflejado en los ojos de su amada.

Fin
Rafa Marín


La prima (relato corto)

Como no podía ser de otra forma, tras una noche de copas y el madrugón, mi humor no está en modo "que bonito es todo". A las 7:07, el tren llega puntual. Al entrar en él, bofetada de aire frío y luces de blanco lechoso, por un momento me recuerda a una sala de curas, pero no es el tren con destino ¡Granada!
La odisea acaba de comenzar, pasan 2 minutos y entran una señora mayor, posiblemente rica y otra, con gafas redondas y mirada extásica.
Viajo con mi esposa y con mi hijo, hemos decidido visitar, La Alhambra. Voy comentando (siempre lo hago) el recorrido, ya que mi madre nació cerca.
- En esta ciudad, nació mi madre y, como...
- ¿Cómo se llama su madre?
Me giro y la señora que no parece rica, me vuelve a preguntar.
- Su madre, los apellidos, ¿cuáles son?
- Disculpe, pero no sé...
La señora, sonríe y yo desprevenido, le contesto, casi tartamudeando.
- Mengano Zutano.
La señora parece entrar en un shock orgiastico.
-Lo sabía, dice casi gritando. Somos primos usted y yo.
Miro a mi esposa, esta se encoje de hombros y pone cara de tú sabrás en que barrizal te estás metiendo.
- ¿Ah, si?
Respondo con mi mejor sonrisa, Que casualidad.
- Parece de ensueño, usted es el Rafalillo.
Ahora me siento desconcertado, a mí, la señora no me suena de nada.
- Tu madre, me tutea, es la tía Maruja.
- Era, la interrumpo, murió hace casi tres años.
Ella no parece oírme.
- Que pequeño y guapo eras.
La verdad es que me siento atrapado por su aparente felicidad.
- No te acuerdas de mí, dice, enderezando aún más la espalda y moviendo la cabeza, como si de una flor que brota se tratara.
- Bueeeno, titubeo, si conociera su nombre, la verdad es que no he vuelto desde hace mas de 45 años.
- ¡Bah! Me interrumpe. Como no te vas a acordar de tu prima Engracia.
Tiro de memoria, Engracia, mi madre, creo recordar, la mencionó alguna vez.
- Vaya, prima Engracia, como has cambiado.
Ahora la mirada de mi mujer es socarrona, se arrellana en el asiento y me mira divertida.
Mientras tanto, la señora mayor, que parece rica, observa intrigada. Ya saben, como cuando algo no debería de pasar, pero se nos muestra en mitad de la cara.
La "prima Engracia", me mira triste por un segundo, me espeta a bocajarro.
- Estuve en coma durante años.
- Vaya, le respondo, a la vez que hago un gesto de consuelo con la mano.
¡No me toques! Grita poniendo cara de asesina.
Retiro la mano con tal celeridad, que me golpeo el codo y dejo escapar una exclamación de dolor.
La "prima Engracia" me mira sorprendida y yo, empiezo a pensar que ha sido una mala idea, dar conversación a esa loca que finge conocerme.
La otra señora, la que por alguna razón, imagino rica. Abre su bolso y saca una cajita de nácar. La abre, me la ofrece, mientras comenta.
- Esto la calmará.
Miro dentro, son obleas.
Me siento atrapado por la situación, comienzo a sudar.
La "prima Engracia", parlotea sobre dios y la fe, a la vez que  toma la cajita de nácar y se toma tres obleas de una vez.
Se vuelve a dibujar su sonrisa extásica y me mira como se mira a una aparición.
La megafonía del tren anuncia el nombre de una estación. Las dos señoras se levantan y se dirigen hasta la puerta del vagón.
Miro a mi esposa, parece dormida tras su deliciosa sonrisa.
Saco el libro de la mochila y recibo un mensaje de WhatsApp.
- Me gustó mucho verte, primo.
Me quedo pensativo.
Entran dos policías en el vagón.
Uno dr ellos me mira y pregunta.
- Ha visto a 2 señoras que viajaban juntas. Una parece rica y la otra se hace pasar por una adivina.
- No, contesto, a la vez que suena la alarma del WhatsApp.
Lo miro de reojo. Un gracias aparece en la pantalla.
Miro por la ventanilla, pero el tren ya ha abandonado la estación y sólo los olivos se recortan con el amanecer.

Fin
Rafa Marín

miércoles, 28 de agosto de 2019

El hurón ( relato corto)

Hace mucho, mucho tiempo, tanto, que casi olvidé esta aventura de cuando era niño.
La cocina olía a aguardiente y las voces llenaban la casa, me temí lo peor. Así que, me dispuse a la cotidiana bronca y su castigo.
Me levanté cansado y triste, pero acudí a lo que pensé me iba a doler mucho.
Mi sorpresa fue grande, allí estaban 5 ó 6 personas, mi madre, mi padre, mi tío Rafael y 2 ó 3 que ya no recuerdo.
Sobre la mesa una botella y varios vasos y alrededor de ella, mochilas y fundas de escopetas y un par de perros echados cerca.
Mi madre me miró, por una vez no tenía la mirada inquieta y hasta sonrió al verme entrar en pijama.
Le devolví la sonrisa, aunque fui más feliz por mí que por ella.
Mi tío, rompiendo a reír, me señaló y alborotando el pelo de mi cabeza, dijo:
- Mira el niño, ya se despierta al olor de una cacería.
Mamá me puso un vaso con leche y un plato con lomo frito en manteca y una rebanada de pan.
Todos rieron al verme acometer el trozo de carne y sentí la mirada complacida de mi padre.
- Hoy te estrenas, me dijo mirando a un rincón.
Había allí un maletín negro. Era uno de esos para transportar una escopeta, pero siendo yo un niño, no tuve en ese momento la menor sospecha de lo que quería decir.
Comí a dos carrillos y todos bebían olvidándose por un rato de mí.
Mi madre, me llevó al cuarto y me dijo que hoy aprendería a disparar contra los conejos, azuzados por un hurón.
Me vestí y noté que estaba más tranquilo de lo que cabía esperar, a fin de cuentas, ya había disparado antes, y la verdad, no era para tanto.
El sonido de los disparos acudió a mi cabeza, junto con el olor de la pólvora y el empujón del retroceso.
Camino del coto, el Land Rover, se lleno de olor a tabaco y alguien bajo una ventanilla.
Sentí la caricia del frío de la mañana sobre la cara y me entretuve viendo clarear el día, como poco a poco el gris se tornaba azul.
El viaje, que siempre se me hacía largo, hoy acabó con un frenazo brusco y un:
- Niño, abre, que es para hoy.
No identifiqué el sitio, pero delante del vehículo, una rudimentaria puerta de alambre y estacas verticales, indicaba, que en ese campo había ganado.
Del maletero, alguien tomó una jaula, dentro se movía nervioso un hurón.
Acerqué la mano y noté el contacto de su hocico en mis dedos.
- Sabe que va a cazar, me dijo el tío Rafael, indicando con un gesto que agarrara la jaula.
La abrió y el ondulante bicho se pegó a mis piernas, lo tomé en brazos y acerqué mi cara a su pelaje. Me invadió su olor agreste y casi salvaje.
Rufo, así se llamaba, se subió a mi hombro, casi recostándose. Me sentí feliz por un instante.
Mi padre, abrió el maletín sobre el capó del coche, me llamó y con un; es tuya, me mostró la escopeta.
Era una Benelli, cal 16 de cañones yuxtapuestos.
Con un simple.
- Gracias.
La monté y la mostré a todos, algunos me saludaron con un gesto de cabeza y mi padre me dio una colleja, aunque esta vez fue un gesto cariñoso y suave.
Me alargó una canana y una caja de cartuchos. Los fui colocando metódicamente en los huecos, reservé dos para la escopeta.
Tío Rafael, montando la suya, dijo en voz alta.
- Vamos p'allá.
Alguien abatió la cancela y caminamos hacia los palmitos que llenaban aquel desconocido campo.
Rufo, se aferraba a mi cuello, clavando sus uñas en mi piel.
No hice ningún gesto de dolor, era mi forma de demostrar mi hombría.
Caminamos un rato y al poco apareció la conejera.
No era más que una pequeña elevación, con 8 ó 10 entradas alrededor.
Mi padre, me dijo que me sentara en medio, con el sol a la espalda y comenzaron a taponar las entradas de la madriguera.
Luego me quitaron a Rufo y lo introdujeron por la boca opuesta a la que yo vigilaba.
- Niño, dispara a todo lo que salga.
- Buena caza.
- Ánimo, chaval.
Estas eran las frases que oí mientras el nerviosismo me agitaba la barriga.
Sólo mi padre guardo silencio.
Nada más Rufo entrar en la conejera, se empezó a oír la pelea.
- Atento, Rafa. Fue la frase que oí.
Levante el arma la encaré y esperé.
De repente, un bulto de pelaje erizado, salió del agujero.
Un tiro, y el animal se detuvo dando volteretas.
Silencio.
- Es el hurón, dijeron.
Amagué para levantarme, pero mi padre dijo.
- Quédate quieto, esto no ha acabado.
Un par de interminables minutos después, la cabeza de una enorme víbora, asomó por el mismo agujero.
Miré a mi padre y este asintió con la cabeza.
Levanté la escopeta y con un gesto de rabia apreté el gatillo por segunda vez.
Recuerdo a Manuel, que tiraba del cuerpo de la "bicha", metro y medio de escamas y músculos. La serpiente estaba gorda, demasiado.
La abrieron en canal y dentro, como si fuera un huevo sorpresa, un conejo adulto y tres gazapos.
Luego me acerqué a Rufo y lo miré un rato. Sentí la pesada mano de mi padre sobre el hombro.
- Vamos, me dijo, buena puntería.
Nos dijimos, como se dice, a la desconcierta por ese campo, al que alguien llamó el palmar.
Abrí la escopeta y saltaron al aire los cartuchos vacíos, repuse otros dos en la escopeta y seguí al grupo.
Atrás quedaron Rufo, los conejos y la víbora, como alimento de los carroñeros.
- Las alimañas también comen, comentó alguien delante de mí.

Fin
Rafa Marín




Camino

Camino de arena y rocas,
un albero hacia la codicia,
con sabor a dura derrota.
Centinela que se inicia,
entre eucaliptos y zozobra,
como galeón a las indias.
En este oro que te arropa,
erial que solitaria pisas,
canta el mar con sus olas,
sueños que son caricias,
de lo profundo y su sal.
Un jardín y mil delicias,
sentidos para conquistar,
siempre siendo corona,
sin cabeza para reposar.
Un camino hasta la gloria.

Rafa Marín

martes, 27 de agosto de 2019

Me asomo

Me asomo a ese callejón,
de sus siempre perdidos ojos,
melodía que canta la lluvia,
para decir que están rotos.
Sueñan mis cristales sucios,
un reflejo vuelto escombros.
Nada parece estar bien,
todo es la vorágine del tordo,
un desahucio en las alturas,
un morirse poco a poco.
Pero me vuelvo a asomar,
un incendio en el rastrojo,
otra vez me vuelvo a quemar,
soy sarmiento y despojo,
que en su fin hará brillar,
con un poco de calor sus ojos.

Rafa Marín 

lunes, 26 de agosto de 2019

Julieta

Canta Julieta a la noche sin Romeo,
sueños de la desesperanza,
bañados en alcohol.
¡Oye chica!
¿Por qué no dices basta?
Romeo nunca sera tu hombre,
sólo es una cara guapa.
Julieta, tiene sed y hambre,
¿quién pagara la cuenta?
Noches con sabor a barbarie,
en una casa de apuestas.
Recorren sus pies descalzos,
estas putas aceras sin vida.
Atrás quedó él tirado,
como una mala semilla.
Los casinos se cerraron,
ahora se sirve en sus salas,
los pescados sin espinas.
¡Hey! Julieta,
sabes tan poco del amor.
Romeo ya nunca será hombre,
lo mataron en una esquina.

Rafa Marín

La mañana

Entre la bruma y la lluvia,
se levanta gris la mañana.
Hay un castillo en lontananza
y un camino que lo escala.
Hay cunetas y destinos,
sueños sin esperanza
y una mano que es testigo.
La mañana es lunes
y un paseo sin montañas,
un aguacero sobre el río,
un susurro entre las cañas.
Rafa Marín

Mar y río

Baja despacio el río,
corre corre entre las cañas,
en las quebradas perdió su brío,
para ser corriente mansa.
En el meandro es brillo,
el dorado sol lo levanta,
aneas y verdes junquillos,
son sus mejores palabras.
El azar juntos nos quiso;
a ella siendo profundo mar
y a mí, caudal que avanza.

Rafa Marín

Silencio

No puedo ser silencio,
soy la alondra que canta,
en la rama a veces jilguero
y otras mirlo en la grama.
No quiero ser silencio,
sino la tempestad que brama;
a veces frío como el céfiro y,
otras cálida brisa en tu espalda.
No me hagas silencio,
abre al sol tu ventana,
me colaré muy adentro,
como el mar entre las calas.

Rafa Marín

domingo, 25 de agosto de 2019

Ella

Ella me salva de mis demonios,
cruza valles y montañas,
al son de mis pies cansados.
Ella, tan dulce, que cada noche,
es por mí, estrella solitaria.
Y yo soy muro de esperanza,
cual desconchón de ladrillos rojos.
Hay paz, porque ella quiere,
con una mirada, mis labios calla.
Las mañanas se llenan de pasión
y las tardes con juegos de agua.
Qué más podría querer dios,
sino hacerme barro y también,
fruto en sus entrañas.
Caminantes bajo el sol,
la justicia es ese niño,
que díscolo nos acompaña.
Rafa Marín

La vida ( otra )

Que puta la vida,
con sus días de gloria
y sus noches oscuras.
Con esta historia,
que de vieja no apura.
Carreteras sin retorno,
la muerte en cada curva.
Que perra fue la vida,
nacer casi muerto,
y vivir persiguiendo,
a la muerte misma.
Rafa Marín

jueves, 22 de agosto de 2019

Tus labios

Aureos se vuelven tus labios,
cuando los míos los añoran,
tan preciados y tan fríos;
con esa pasión que me ignora.
Ayer que fueron mariposas,
inquieto volar sin destino,
que de flor en flor se posa;
para dar muerte a los míos.
Aquí quedan, en la feroz ausencia,
despreciada zurrapa que mira,
la vacuidad que los sentencia.
Tus labios, que son la mirra,
los míos que les tienen querencia,
y esta soledad que es la prisa.

Rafa Marín

La poesía

La poesía es romanticismo,
si, pero también es dolor y lucha.
Son palabras que sin miedo,
las injusticias denuncian y,
unos ojos, que llorosos callan.
La poesía es encuentro a veces,
en la oscura madrugada y casi siempre,
una búsqueda solitaria.
La poesía, es mirar para entender,
ver lo que otros nunca escuchan,
brizna que cimbrea con la lluvia,
una nube que pasea, un gemido,
que de mi boca cada día escapa.

Rafa Marín

Jueces

Hay una inercia soez,
que apura pasillos y bancos,
togadas almas de negro,
de la ley hacen capas.
No sólo no ven, sino que no miran.
Presas son de su entender,
que ni es honor ni justicia.
A veces, encumbrados del poder y,
otras miradas de fatal Medusa;
confundiendo están ley,
con lo que creo es la justicia.
Nombres que tienen un ayer,
escondido entre las costuras.
Rafa Marín

Me asomo a la noche

Me asomo en la noche,
tan decidido y cruel.
Soy ese lobo hambriento,
que asalta el redil
y sólo quiere sangre.
Olvida por un momento
que quiere comer y,
no deja que escape nadie.
Mi naturaleza es mi escusa,
al igual que la tuya es no huir
y jugar, como no, a quedarse.
Rafa Marín

lunes, 19 de agosto de 2019

Baten las olas

Baten la olas de rizada espuma,
caen sobre los rostros pálidos,
como una amarga lluvia.
Las manos cansadas pugnan,
las pieles quemadas tiritan,
una noche de oscura angustia.
La carga de seres vacila y,
sobre sus cabezas estalla,
cual inflexible amo,
el rayo de sus penurias.

Rafa Marín

Camareras del café Lavazza

En esta esquina junto a la salida,
tras esa barra con tanto tránsito,
la máquina del café y sus sonrisas,
que cada tarde me quedo mirando.
Ojos cansados y manos con prisa,
entre los clientes se van afanando,
café con sirope de canela y risas,
para que sea liviano tanto trabajo.
Ahora, entre la luz que está brillando,
sus ojos se asoman y tal vez miran,
como este tonto está versos rimando.
No temáis a mi boca dulces chiquillas,
es solo una voz que ha despertado,
con ese café que a vivir me invita.
Rafa Marín

Se encumbra el agosto

Se encumbra el agosto,
noches de ruido agotador,
silencios que tiran al rojo,
aclamando a su dolor.
Son las cuerdas del potro,
torturas ya sin redención,
dicen que de amor fue loco,
mas yo pienso que es cabrón.
Puño levantado y hueso roto,
otra mujer que se murió.
Aquí tan contententos todos,
menos ellas y lo que quedó.
Lacra que sin alborotos niega,
porque ella se lo buscó.
Malnacidos de este agosto,
machos que no tienen perdón.
Ya se callaron casi todos,
políticos, jueces y hasta dios.
Maldita la sangre nacida,
de esta fuente del odio,
cuantas mujeres perdidas,
cuanto canalla que nació.
Por ellas mi voz redoblo,
el sufrimiento las abrazó.
Leyes que ciegas, no inspiran,
en los asesinos ningún temor.

Rafa Marín

domingo, 18 de agosto de 2019

La última cura (relato corto)

Vuelvo a la sala de curas, me miro la herida y sonrío, se que esta es la última vez que me coge en sus manos. Hay poca gente, solo tres hombres muy viejos y otro, que está sentado tras una mesa y cuya edad es indefinible. Entrego ni tarjeta sanitaria al de la mesa. Éste sin levantar la vista, comprueba algo y me dice.
- Espere ahí.
Señalando unos asientos de madera.
Todas las puertas están cerradas y parece que reina la paz.
Mientras espero, me dedico a escribir unas pocas letras en un papel, pensamientos y algún poema sin sentido.
Suena un chasquido.
De repente, el señor de la mesa, poniéndose en pie, mudo y austero de gestos, toca el hombro de uno de los presentes, invitándolo a seguirle. El hombre nos mira y parece triste, nos saluda con la mano y desaparece tras una puerta.
Va pasando el tiempo, tras un buen rato, entra un chico muy joven, casi un niño diría yo. Se dirige al señor de la mesa y repite el ritual por el que pasamos todos.
Pasa otro rato y se oye un chasquido, uno de los viejos levanta la cabeza y nos mira. El de la mesa, se levanta cansino y se acerca a él.
Pienso.
- Que intuición.
En ese momento caigo en la cuenta, por donde ha salido el otro, porque no lo he visto salir.
Me entran dudas, y si...?
- No seas paranoico, me digo mentalmente.
El tiempo parece que se ha detenido, miro la libreta, está llena de signos que no comprendo.
Suena otra vez el chasquido, miro al señor de al lado, mientras el de la mesa se levanta y va a tocarle el hombro. El pobre brinca al sentir el peso de la mano.
Me mira, hace un amago de sonrisa y desaparece tras de la puerta.
Ahora estamos solos el chico y yo, no me atrevo a preguntarle que hace solo en la consulta.
De pronto entran un grupo de chicas y chicos, 4 mujeres y cuatro hombres, ninguno sonríe aunque van vestidos de fiesta.
Pasa otro rato, se me está haciendo eterna esta espera.
De repente el chasquido, me sobresalta, todos levantan la cabeza y miran.
El de la mesa se levanta y se dirige hacia mí, me va a tocar el hombro, pero yo me levanto antes, esquivo su gesto.
- Hoy es mi última vez, le digo sonriente.
Él, mirándome a los ojos me responde.
- Siempre lo es para todos.
Me acompaña hasta la puerta, entro y esta se cierra.
Hay un largo pasillo que desciende paulatinamente hasta la siguiente puerta. En ella hay un cartel...
EMPUJE
Empujo y al otro lado se ve un embarcadero y un hombre sentado en una barca.
En el pecho lleva una acreditación con su nombre.
Sr. Caronte, reza en la misma.

Fin

sábado, 17 de agosto de 2019

Noche de verano

Llega la noche y es otra más,
cielo con luna y estrellas,
en este sueño de verano.
Mi voz que desea cantar
y las musas hoy no llegaron.
Que lejos está de mí la paz,
con este esperar en vano.
Soñando que sueño no será,
porque me llevas de tu mano.
¿Quién quiere sirenas adorar,
estando tan cerca tus labios?
Rafa Marín

viernes, 16 de agosto de 2019

Me despierta

Me despierta el murmullo de la plaza,
su profundo aroma a pinos
y una risa que viaja.
La ventana de par en par,
saluda a la lluvia que me moja la cara,
porque tú no estás.
Me asomo desnudo,
sin vecinas ni sábanas,
solo este sueño invencible,
que se desliza por mi cara.
Mis pies descalzos no caminan,
solo juegan con la humedad,
de un suelo que te echa de menos,
entre los brillos de esta plaza.
El cielo es de un gris oscuro,
atrapado entre nubes de plata,
dejando susurros lejanos,
cuando a lo lejos y rayo estalla.

Rafa Marín

Canta el mar

Canta el mar y en su grandeza,
olvida su inmensidad,
y muere a tus pies entre susurros.
Él, que de los marineros
es su lecho más profundo,
cada noche a la luna hace rielar
y la vuelve en tus ojos reflejo
y tristes pétalos de sal.
Y tú, sin saber ni pensar,
te vuelves sirena vanidosa,
que añora vivir otros mundos.
Rafa Marín

jueves, 15 de agosto de 2019

Danza la llama

Miro la amarillenta llama,
que es el reflejo en tus ojos,
una vela, encendida luz,
que con la brisa baila.
Las cortinas que juegan,
ondeantes trapos, sin cofa,
ni trinquete ni mesana.
Sólo esta penumbra
y los suspiros de la madrugada.
¿Dónde acaba mi sueño?
¿Dónde esta pasión estalla?
Tu voz es un canto que calla,
como la brisa que con la vela,
al pasar, hace oscilar la llama.
Rafa Marín

Yo, prisionero ( relato corto)

Toda historia tiene algo de surrealismo, esta, aunque imaginaria, bien podría ser mi historia.

Tengo que ir a la sala de curas, me han citado a las diez y me gusta ser puntual. Así que me tomo un café rápido y camino los 500 metros que hay desde el bar a las urgencias. No hace calor y la llovizna nocturna perfuma la tierra de los jardines. De repente, vuelve a chispear. Poco a poco arrecia, empiezan a sonar truenos y a caer sobre los edificios espeluznantes rayos.
Todo a mi alrededor huele a tormenta y electricidad estática.
Llego al bar de la esquina, aunque hay gente dentro, las cortinas metálicas están bajadas, llamo desde el interior me señalan sonriendo, creo que se burlan de mí.
Estoy ya empapado de lluvia, así que asumo mi condición y me dirijo a casa, abatido, pero con la cabeza muy alta.
A mi espalda se oye un chasquido y el fragor de un trueno que parece está en mi cabeza, noto el calor, me giro y veo como los risueños del bar se consumen entre llamas. Corro hacia ellos, intento abrir las persianas, me quemo, incluso ahora parecen estar riéndose. Tal como ha empezado cesa, el cielo se vuelve azul y ya no hay nubes.
Me duelen las manos y estoy empapado.
Todo me da igual, camino hacia las urgencias. Se que el servicio va a estar colapsado, pero no tengo nada que hacer.
Desde unos 200 metros ya se distingue la cola, hasta hay una enfermera filtrando los casos por su gravedad.
Me mira las vendas sucias y la mano quemada.
Se pone de mal humor y vocifera con un sargento chusquero.
Aparecen dos sanitarios fornidos y sin mediar palabra me tiran al suelo. Intento luchar, pero me sofocan con su peso.
Suena una sirena, no se si es ambulancia o policía. Un destello azul los señala, lloro.
Me veo engrilletado y los dos policías me golpean sin piedad.
Sangro por la nariz y tengo los labios adormecidos por los puñetazos.
Me tiran dentro de un coche policial, pienso en que todo es una locura, pero me callo, así me educaron y así experimenté la vida. Mientras hables te seguirán golpeando.
Me meten en una celda, apenas han pasado 40 minutos desde que llegué a la cola de urgencias.
No se cuanto tiempo a pasado, se abre la celda y dejan una bandeja con comida y agua.
El carcelero me mira, lo sé, percibo su mirada, pero yo no lo miro a él.
La sucesión de carceleros y bandejas deja de tener sentido.
Han pasado quizás, días, meses, años, una vida. Me veo viejo en un espejo tan viejo y gastado como yo.
Se abre la puerta a mi espalda, me voy obediente al rincón y espero sin levantar la mirada.
Unos pasos se acercan, me temo lo peor y preparo mi cuerpo para el castigo.
Una mano toma las mías y en tono feliz me llama, "eres libre, compañero"
Los flashes primero y la luz solar después, me aturden.
Un chico joven me mira jovial y en sus ojos brilla lo que él imagina que es respeto,
¿Qué es lo primero que va a hacer ahora que es un hombre libre?
Me lo quedo mirando, miro a la cara se todos los que me rodean.
Después, con un susurro, digo:
Ir a urgencias a que me curen este corte que tengo en la mano.
Todos ríen felices, pero yo no sé el porqué.

FIN

El rubor de tus mejillas

En la oscura sombra del rincón,
apenas visible bajo la luz lechosa,
de esta luna de agosto, trémula,
se agita el esmeralda de la hoja.
La brisa, que de tu pelo hace onda,
da a mi piel este fugaz alivio
que no le da tu boca y, como un presagio,
el cielo estalla en luminosas líneas.
¡Oh! Que dicha es verte ahí,
bajo el rayo de luna del aprisco.
No eres mía y no me quieres tuyo,
pero nada me importa.
Estás sentada y me miras,
con tu sonrisa silenciosa.
Soy, dichoso reflejo en tu mirada
y en tus mejillas un rubor que las corona.

Rafa Marín

miércoles, 14 de agosto de 2019

Al clarear de la mañana

Al clarear de la mañana,
veo las olas a la playa llegar,
vestidas de sal y plata,
sueño del que no despertar.
El azul que el cielo baña,
una nube que quiere pasar,
momentos de mis entrañas,
esperando verte llegar.
La mirada que se ilumina y,
en las manos con una flor,
el corazón, cual verdad que imagina,
se acelera como un motor.

Rafa Marín

El tesoro ( relato corto)

Tengo costumbres un poco especiales, bueno raras raras. Me acerco al cementerio, al de Sitges, me siento en un banco a la sombra y me distraigo leyendo un rato.
A veces, en ese silencio, me dejo llevar por los recuerdos y pienso en esos amigos que ya no están. Sus risas me llegan nítidamente.
Sigo leyendo, pero me interrumpen unos cuchicheos. Estoy a punto de llamar a emergencias, por lo de las alucinaciones auditivas, pero no. Justo detrás hay dos jovenzuelos, uno carga un pico y el otro una pala. Los miro y me miran.
- ¿Qué, buscando un tesoro? Les digo amablemente.
- ¿Quién es usted? Me suelta el pelirrojo.
- Soy el fantasma de las navidades pasadas, le espeto.
Sigo a lo mío y escucho al otro decir.
- Es mentira, no ves que tiene pies.
Me sonrío y se acerca una mujer.
Se sienta a mi lado y se pone a leer como yo.
Suelto un suspiro y comento para todos.
- Vaya, esto está concurrido como el Cap de la Vila.
No responde nadie, así que volviendo a suspirar, me voy al otro banco.
En éste, hay mitad sol y mitad sombra, así no tendré el problema de que alguien se ponga a mi lado.
La señora sigue ensimismada con su libro y los chicos consultan una especie de mapa.
Uno se levanta, el que no es pelirrojo.
Mira a derecha y a izquierda. Se planta delante de una tumba y da cuatro pasos al frente.
El pelirrojo le pregunta a voz en grito.
- ¿Estás seguro?
El otro, el que no es pelirrojo, sin contestar, alza el pico y lo deja caer con fuerza sobre el suelo. El pelirrojo se le acerca y ambos se lían a cavar en mitad del camino.
Los miro sorprendido, me levanto y veo a dos empleados del cementerio. Son los jardineros; a uno lo conozco, hasta he hablado con él en alguna ocasión.
Me miran y me hacen un saludo con la mano. Yo haciendo un gesto con los brazos que es a la vez, tanto sorpresa como pregunta, miro hacia los chicos. Ambos jardineros se encogen de hombros.
Me quedo plantado y ante la pasividad que demuestran, decido volver a la lectura.
El jaleo se vuelve descomunal, y mientras los chicos cavan, han aparecido seis o siete curiosos más, todos forman un círculo alrededor de los busca tesoros.
De repente, un sonido de metal contra metal y un...
- Lo sabía, que parte de la boca del que no es pelirrojo.
Los curiosos y la mujer se acercan, mientras los jóvenes arrodillados, comienzan a sacar lo que parece un pequeño cofre.
Reconozco que me siento intrigado.
Veo como rompen un candado roñoso y como un ...
¡OHHHH!
Parte de todas las bocas.
Me dirijo al hallazgo y entonces, uno de los jardineros me sujeta del brazo.
Lo miro extrañado. Él me dice que guarde silencio llevandose un dedo a los labios.
Los chicos, la mujer y los curiosos, emprenden una pequeña procesión hasta el fondo del cementerio y ante mis ojos, en un parpadeo desaparecen.
Miro al jardinero asombrado y nervioso. Este me mira sonriendo y me dice.
- ¿Qué esperabas encontrar en un cementerio un festivo por la mañana?
Lo miro y veo como se desvanece también.
En mitad del camino, como un recuerdo, queda una moneda brillando.
Fin
Rafa Marín

martes, 13 de agosto de 2019

Hay un niño

Hay un niño,
que no pidió nacer,
que fue criado
a base de hambre
y palos a diario
y que no lloró al crecer.
Hay un niño,
que no tuvo regalos
y por amigo sólo quiso
a ese perro fiel.
Hay un niño,
que se mira sus vacías manos
y siempre se está preguntando,
el porqué de su vida
y su duro padecer.
Rafa Marín

Desahuciados

Demasiados culpables sueltos
y pobres pagando por ellos.
No se llaman Carter,
ni van a ser campeones de nada.
Solo quisieron cuatro paredes,
para llamarlas hogar.
No hubo disparos en la madrugada,
solo un papel sobre una mesa
y el caprichoso destino,
que los intitó a jugar.

Rafa Marín

lunes, 12 de agosto de 2019

El náufrago ( relato corto)

Se hizo a la mar, con un petate y muchos sueños.
Imaginaba la aventura como una encadenada sucesión de hechos peligrosos. Pronto descubrió que navegar, era una tediosa sucesión de horas y días, soles y lunas y mucha soledad.
A veces nos sorprende la galerna y cuando queremos reaccionar, nuestro  cuerpo acaba dando con sus huesos en una solitaria playa.
Lamentanse de la suerte por tener lo que tanto añoraba, pasó los primeros días.
Una isla desierta, un vergel en mitad de la nada. Noches de estrellas y cada día una lección de supervivencia.
El tiempo, cual infatigable capataz, moldeó su cuerpo y su carácter. A fuerza de soledad, olvidó las quejas y aprendió a escuchar: el viento en las ramas, las olas al romper y el canto de las aves cada amanecer.
Adquirió el hábito de esperar, sin esperar nada y se hizo ducho en buscar lo que el mar arrinconaba en calas y arenales.
Descubrió la naturaleza y sus estaciones, la inmensidad del cielo nocturno y el amor de un buen fuego.
Pronto olvidó los días de la semana y un poco después, el de los meses.
Todo se limitaba a mareas y corrientes y fases lunares.
Por fin, cuando ni su nombre pudo ya recordar, una vela blanca se dibujó en el horizonte. No supo el porqué, pero se ocultó y desde la fronda oyó aquellas voces extrañas. Cuando se fueron por donde habían venido, bajo a la playa y aprovechó sus residuos.
Muchos años más tarde, otra vela arribó a aquel lugar. Lo sorprendió, había perdido vista y atención.
Lo devolvieron a su tierra, encumbrado como un aventurero. Un moderno Odiseo, pero el ya no recordaba por qué se marchó de aquella agostada tierra.
Se fue marchitando en silencio, como se marchitan las flores. Dejando tras de sí, una leyenda. Fue un chico que huyó de la soledad para vivir una vida junto a ella. Nadie supo nunca de sus noches de llanto, del hambre y la sed, del miedo.
Tampoco del cada día levantarse y luchar.
Fin
Rafa Marín

La sala de espera ( relato corto)

Vuelvo a la sala de curas. Todo está normal, no hay gigantes ni ancianos acalorados ni nadie, estoy solo.
Hace fresco en la sala de espera.
Una niña aparece con un patinete y me sonríe, le devuelvo la sonrisa, mientras su mirada se torna inquisitiva. Me pongo nervioso y ella, se pone a berrear como una sirena de bomberos. Aparece su madre y la niña me señala. Ahora está llorando.
- Sin vergüenza, me espeta la madre.
- ¿Por qué? Respondo con mi cara más irónica.
- La está asustando, responde con desprecio.
- Mire, señora, que yo sólo sonría.
- Sólo sonreía ... sólo sonreía. ¿No sabe que a la niña le asustan las sonrisas?
- No, no lo sabía, también usted podría no haberla dejado sola.
- ¿Me está diciendo como he de cuidar a mi hija?
Me siento ofendido y me levanto, me alejo camino del ascensor.
A mi espalda suena mi nombre y un "no está"
Me giro, pero la niña y su madre ya están cerrando la puerta de la consulta.
Me vuelvo a sentar y espero.
Pasan los minutos, se está haciendo eterna la espera, ha pasado casi una hora. Llamo a la puerta, la consulta está vacía.
Me siento confundido, pero no hago nada.
Me vuelvo a sentar y sigo esperando.
Aparece una niña con un patinete y me sonríe...
Me levanto como impulsado por un resorte y huyo de allí. Al llegar a la salida, siento una mano en mi hombro.
Es una enfermera.
¿Es usted R. M.?
- So, respondo entre aturdido y nervioso.
Se ha quedado dormido, me dice.
Me guía hasta la sala de curas y mientras va retirado cuidadosamente el vendaje, me pregunta.
- ¿Sabe quién era la niña que lloraba en la sala de espera?
La miro, mientras va vendando de nuevo la puñetera herida.
No le respondo, al salir la sala está tan vacía como cuando llegué.
Salgo con prisa, prefiero no mirar atrás, aunque esté oyendo un patinete deslizarse.

Fin
Rafa Marín

sábado, 10 de agosto de 2019

El turno ( relato corto)

Estoy esperando a que la enfermera me llame.
Acaba de aparecer un tío enorme, casi 2 metros, con unos brazos que ni el Schwarzenegger. Me mira lloroso y me dice que si le dejo pasar.
Intento adivinar que le ocurre. Tiene la cabeza, los bíceps, los hombros, ojos, todo en su sitio.
- ¡joder! ¿Ahora como le digo a este tío que tengo prisa?
¡Es enorme!
Se me ocurre una solución.
- Me parece que llaman por el nombre, le digo.
- Oh! Contesta, pero si te llaman a ti, ¿puedo pasar yo, verdad?
Lo miro y me mira, ya no parece lloroso. Sino un puma gigante. Lo vuelvo a mirar, le sonrío con aire cómplice y le digo.
- ¿Y si te hacen lo mismo que me van a hacer a mí?
- ¿Qué te van a hacer? Pregunta a su vez.
- Curarme un corte que tengo, contesto, enseñándole la mano.
- Yo no tengo un corte, me contesta un poco intrigado.
- ¿Estás seguro? Ahora el puma lo parezco yo.
Nos empezamos a tantear. En esto aparece la enfermera, está sacando a un señor en silla de ruedas y lleva la bata ensangrentada.
- Vale, le digo, pasa tú primero.
- Llaman por el nombre, me contesta.
No echamos a reír.
La enfermera regresa y mirándonos pregunta.
- ¿Quién es el siguiente?
Hemos dejado a la enfermera plantada y estamos en el bar.
Nos miramos con cierta complicidad,  casi con alivio diría yo.

Fin
Rafa Marín

La cura ( relato corto)

Hoy he ido al centro de salud, es sábado y me toca la 2° cura.
No estaba el gigante, pero había unos 50 ó 60 yayos y yayas. Todos de charla; me he sentido desmayar.
Con voz tímida he pedido la vez, casi a gritos han dicho que estaban acompañando a alguien. Comienzo a seguir los brazos que señalan y me he topado con la mesa de la enfermera. Toda llena de bizcochos y algún vaso con vino dulce; la mujer parecía feliz.
Mirándome la venda, ha proclamado que va a hacer una cura. Todas las personas allí presentes se han callado y han formado un círculo a nuestro alrededor.
Al dejar yo entrever que me gustaría que se me atendiera en privado, un murmullo de desolación a recorrido la gran sala de espera.
Una vez dentro de la sala de curas, la enfermera me ha dicho que cada fin de semana, vienen todos.
- Es por el fresco, me dice a modo de justificación.
Con una mirada cómplice, la invito a  abrir, para que pasen algunas personas y tengan algo para comentar después. Se ha liado algo de revuelo, pero al final, 10 ó 12 se han posicionado alrededor de la camilla.
Cuando la sanitaria me ha cortado el vendaje y ha quedado al aire la herida, una onamatopeya de decepción ha sonado entre los presentes.
Casi me he sentido ofendido.
La enfermera, mirando a todos, ha comenzado a explicar la herida.
Otra vez silencio y mientras ella se afanaba entre descripciones, una abuela se ha levantado la falda hasta las rodillas. Un monstruo costurón ha quedado visible. Luego otro se ha descamisado y me explica como le abrieron el pecho y le operaron del corazón. Mientras la enfermera me va indicando que no debo hacer, una señora muy pequeña y arrugada, me ha ofrecido un trozo de pastel. Socarronamente, le pregunto por sus cicatrices.
Ella se me queda mirando y con un temblor de manos, saca una gastada foto del bolso. En ella se ven un grupo de hombres, mujeres y niños. Le pregunto con la mirada. Me responde que a todos los ha visto morir y se aleja en silencio.
La enfermera acaba, salgo de la sala y busco a la anciana. La veo y le ofrezco mi brazo. Ella me mira y sonríe intrigada. Le digo que me gustaría tomar café con ella y escuchar su historia. Deja caer una lágrima y responde.
- Mi historia no es más que la de cada uno de los viejos que veo allí, me lo dice sin acritud, pero si con tristeza.
He comprado un par de botellas de cava y vasos de plástico, les he invitado a brindar por la puta vida y por lo hermoso que es vivir.
He vuelto a casa, con una lección aprendida y quizás con una nueva amiga.
Esta tarde hemos quedado, para oír su historia.

Fin
Rafa Marín

Sin querer

Sin buscar encontré su mirada,
tan pura como el cristal.
El sueño de una noche de verano,
que ni Shakespeare pudo imaginar.
Dos ojos que disiparon las niebla
y que los míos hicieron soñar.
Sin buscar encontré tu mirada,
entre aquellas paredes sin luz,
nació la primavera que tanto esperaba,
veinte años de gloria nada más,
como ya cantara aquel Gardel,
tangos que fueron luz y madrugadas.

Rafa Marín

Tu voz

Suena tu voz que es,
el canto de mi cielo,
el arrullo de la brisa.
En verdad mi único consuelo.
Sueñan las madrugadas azules,
luz de luna y sombras,
tus ojos tan hermosos,
tan puros y bellos.
La tarde dorado momento,
cuando llegas cansada
y me entregas tus labios
en un beso.

Rafa Marín

viernes, 9 de agosto de 2019

Fantasía

Tan hermosa tu fantasía,
como mi ilusión por cumplirla.
Besos de madrugada,
gemidos que se silencian.
Arreboladas entre sudor,
la pieles y tus piernas,
que impúicas me abrazan.
Con esa lujuria desmedida,
que es la profundidad de tu sexo,
amazona que cabalga,
dibujando regueros en tus piernas
y humedales en mis sábanas.

Rafa Marín

jueves, 8 de agosto de 2019

Llega la noche

La noche llega,
con su arrullo de estrellas,
con su quietud de un instante
y tu voz que es un fado.
Las ventanas abiertas,
las manos que tiemblan
y un candil en la cocina.
La noche llega,
con su abrazo sincero,
con un suspiro anhelante
y en los labios un te quiero.
La noche llega sin tus ojos,
oscuridad que me vence,
es una herida latente,
en un jardín del averno.
La noche llega prisionera,
unos versos sin nombre,
en una cara sin brillo,
una pesadilla recurrente.
La noche llega,
pero nadie la quiere,
es sólo una pobre sombra,
con olor a resecos claveles.
Rafa Marín

El reflejo y yo

Me miro al espejo,
mis labios cansados,
se arquean en silencio.
Una mueca del pasado,
una risa que no brota,
mil delitos perdonados.
Sudoroso el reflejo tiembla,
para esto ha servido,
todo ese tiempo gastado?
Dejo la cuchilla deslizarse,
mi piel no quiere ser herida,
sólo un instante de canto.
El agua fría me abraza,
como si fuera otra mañana,
atrapada entre olores pasa.
El espejo ya no me mira,
parece un sudario de gasa,
mis labios sin su sonrisa,
mis ojos sin tus miradas,
los sueños abandonados.
Un todo entre las prisas
de un tren que se acerca,
pitando en la lejanía.
Rafa Marín

martes, 6 de agosto de 2019

Hojas revueltas

De estas hojas revueltas,
por una brisa de miedos,
una sin razón que hiela,
los mismísimos infiernos.
Mi curiosidad os enferma,
siempre sembrando lamentos,
a todas sin parar os atropella,
nací para tren expreso.
Si en tu muro mi voz se estrella,
no es por los tirabuzones,
ni para hacerte perder,
esa piedra que has enterrado,
como un tesoro en tu pecho.
Rafa Marín

domingo, 4 de agosto de 2019

De esta vida

De esta vida que fue casi un sueño,
viví en el filo de la cuchilla,
todos sus buenos momentos.
Aventuras y dolor,
huyendo del sufrimiento.
Que no quiero pedir perdón,
por ser brisa en tus cabellos.
De esta vida,
que poco a esperar acierto,
el roce de tus labios en un beso.
La noche solitaria te aventuró,
grises gatos de mi desconcierto,
imaginar tu sonrisa,
que más puedo hacer yo.
De esta vida que el tiempo mató,
pálidas manos que quizás
espero,
una sombra en la encrucijada,
una mirada torva en sus ojos.
No viene a comprar mi alma,
con mis actos ya la ganó,
por eso, nada le debo,
y no voy a pedir perdón,
por soñar con ser brisa en tus cabellos.
Rafa Marín

Las manos

Con estas herramientas,
las manos, de la que dios presume
y que con barro dice que creó.
Tallamos la esteril piedra
y el fuego de ellas nació.
Con estas manos escribanas,
dimos forma a la palabra,
caligrafía que en versos habla al amor.
Con estas manos y su firmeza,
mil caricias de pasión,
no hay otra herramienta,
que nos defina mejor.
Afanadas en la recolecta,
dichoso fruto y bendición.
Manos por siempre inquietas,
manos de piel curtida,
manos pobres y obreras.
Manos que un arma aprietan,
testigos de la represión.
Manos que besar quisiera,
hierba que besa el rocío,
cuando las tuyas a tomar aciertan.
Rafa Marín

Mírame a los ojos

Mírame a los ojos, dime lo que ves.
Tras estas profundidades,
una súplica sin interés.
La vida se hizo condena,
pero ya lo ves,
me sacaron de mi rejas
y de las tuyas también.
Vivo sin condenas,
cual alfarero de todo ser,
moldeando arcilla y arenas,
costillas y carne me vieron nacer.
No hay hacedores de paraísos,
solo burdeles para yacer.
Un quien bien te mata,
también así te quiso;
nos falta tanto por aprender.
No son crueles verdades,
sino mentiras que dicto bien;
todas mis pasiones carnales,
toda esta agonía de pretender,
un momento que hizo historia,
para con el tiempo desaparecer.
Rafa Marín

jueves, 1 de agosto de 2019

Malegrías

Cada amanecer se reía,
olvidaba el hambre vieja
y con sus manos escribía,
esas verdades tan serenas.
El dolor, el alma le partiría,
la sangre recorre sus venas,
un caudal que amor vertía,
cada vez que puede verla.
Mañana será toda mía,
mañana atenderá mis quejas.
El destino y sus malegrías,
que en vida hoy le entierran.
Optimista a sí se decía,
¿para qué arrastrar penas?
Pobre corazón que latía,
por la peor de las miserias.
Para él, ayer todo acabaría.
El no de su cruel reina,
lo escucho de voces ajenas.
¿A ese pobre, quién lo querría,
si sólo es dueño de su pobreza?
Malegrías de ese querer,
que sabe a hambre vieja.
Ciego que se niega a ver,
los desprecios de su reina.
Rafa Marín

domingo, 28 de julio de 2019

Mujer

Mira mujer, no soy tímido,
sino todo lo contrario,
mas no sé como decirte,
que quisiera sentir
tu aliento en mi oído,
Ver la risa de tu mirada
y quizás fumar un cigarrillo.
No te pido que vengas,
pero si quieres hacerlo,
ven, cuenta conmigo.
La pasión no siempre acierta,
la duda de saber si tú,
lo mismo desear quisieras,
va a acabar conmigo.
No te prometo noches enteras,
ni quizás dos días seguidos,
pero si la desbordada entrega
con la que todo lo consigo.
Aleja de tu corazón esas penas,
los malos recuerdos,
que sean sólo olvido.
Ya llegarán las mortajas,
con eterna oscuridad
y siempre vestidas de lino.
Rafa Marín

sábado, 27 de julio de 2019

Insistir

Insistir:
contra el muro de su voluntad,
con las manos vacías,
con el corazón lleno
y una verdad incierta. Insistir:
contra la roca
de la razón,
mente que la gobierna.
Insistir:
como el herrero en la fragua,
fuego que ablanda al acero
y lo moldea y lo templa.
Insistir:
porque no tengo nada más,
un corazón que a rendirse,
con una sonrisa se niega.
Rafa Marín

miércoles, 24 de julio de 2019

Roja es la sangre

Roja era la espuma
que del mar se despertaba,
como rojas eran las rocas,
de aquella pulida muralla.
Rojas eran arena y agua,
tan rojas se veían,
como roja fue la sangre derramada.
Roja era la cruel mirada,
de una parca que sentía,
en su honor la matanza.
No se contaron por cientos,
miles fueron la tumbas cavadas.
Sangre de jóvenes guerreros,
que la ambición de su rey,
como a los perros azuzaba.
Luego la historia y sus cuentos,
por los ausentes fue contada.
Rafa Marín

Las Lamias ( relato corto)

Desde su más tierna infancia, sus padres se lo habían inculcado, pero mientras miraba amorosamente a la pequeña flor, se preguntaba el porqué. Los animales del bosque nunca le rehuían, es más, cada mañana la alondra se acercaba y con su canto le despertaba.
Una mañana de verano, mientras se acercaba al remanso perezoso que el río dibujaba entre abruptos acantilados y una pequeña playa escondida entre los sauces centenarios, vio como una joven se desnudaba y se metía en el agua.
Se ocultó y desde las aneas la miró, era tal la belleza y perfección de su cuerpo, que quedó paralizado de amor.
La chica, después del baño, se quedó tumbada un rato al sol, luego se vistió y desapareció entre la fronda.
Él, recuperado ya de su éxtasis, disfrutó de su baño, pero en su mente la belleza y juventud de la mujer, se negaban a pasar al olvido.
Durante la noche, incapaz de conciliar el sueño, trazó un plan y así, feliz se durmió al fin.
Se levantó temprano, tanto que la alondra no llegó a su cita diaria, desayunó con prisas y sin decir nada, se dirigió a su rincón en el río.
Se ocultó y pacientemente esperó. Para su sorpresa, a la misma hora que el día anterior, apareció la joven, pero ... ¡Oh! Sorpresa, la acompañaba otra chica. Ambas, desnudas y hermosas se lanzaron al agua y chapotearon entre risas y juegos. Al final, tendidas en la playita, se amaron entre caricias e impúdicos besos.
Por un momento, él, pensó en salir de su escondite, pero prefirió no interrumpir la magia que rodeaba aquel momento.
Se sintió confuso al principio, pero al recordar horas más tarde aquella visión de dos mujeres amándose, decidió que debía dejar su timidez y actuar.
Al día siguiente se volvió a ocultar, pero tras un día entero de espera, nada. No apareció nadie.
Lo mismo ocurrió los siguientes cuatro días.
Empezaba a pensar que ya no volverían, pero mientras se bañaba, oyó voces de mujer y fue a ocultarse. Demasiado tarde, cayo en la cuenta de que su tosca ropa, estaba donde la había dejado, en la playa.
Las dos chicas, repararon enseguida en las prendas y al no ver a nadie, lo llamaron.
- Ven, dijo una.
- No te vamos a comer, soltó la otra entre risas.
Tanto insistieron, que nadando se acercó a la orilla.
Ellas al verlo sonrieron maliciosamente, se desnudaron y se metieron en el río. Durante un rato el se sentía tímido y no se acercó a las chicas, poco a poco y viendo que ellas le incitaban, fue ganando confianza.
Un de ellas le preguntó.
- ¿Nunca has estado con una mujer, verdad?
El asintió con la cabeza.
- Esta noche ven aquí, nos tendrás a las dos, dijo una de ellas y ambas salieron del agua.
El día parecía no pasar, entre la impaciencia y el deseo, las horas eran eternas. Por fin, declinó la tarde y el se dispuso para el encuentro.
Caminaba feliz, excitado y, entonces le vino a la mente aquel consejo que le repitieron hasta la saciedad: "No te fíes de nadie en el bosque"
Desecho el pensamiento y siguió, la noche nacía y la luna asomaba, pálida y llena.
Cuando llegó al remanso del río, las dos jóvenes esperaban, casi vestidas e iluminadas sus miradas por una hoguera.
- ¿Saben tus padres que estás aquí? Preguntó una a modo de saludo.
Él respondió tristemente.
- Mis padres murieron, vivo solo desde entonces.
No pudo ver el cruce de miradas entre ellas.
- Ven, bebe y se feliz con nosotras, dijeron las chicas a la vez.
Se llevó la copa a los labios y cayó al suelo inconsciente.
Cuando despertó, se sentía entumecido y muy cansado. El lugar estaba oscuro y la atmósfera le parecía sofocante. Enseguida supo que estaba atado, miró los grilletes y cadenas y sintió miedo.
Pasaron horas, quizás días, no sabría decirlo.
Por fin entró una de aquellas, ya no tan hermosas muchachas, su cuerpo perfecto relucía bañado en aceeite.
Le dio de beber y de comer, siempre en silencio y tal como llegó se fue.
La comida y el agua le hicieron sentirse mejor, pero seguía sin entender que querían de él. ¿ Por qué le habían secuestrado?
No pasaron ni dos horas, cuando volvió la misma mujer, esta vez traía un cuenco con fruta. Se acercó a él sonriendo y tomando un poco de esa
de esa fruta la mordió, luego acercó sus labios a los suyos y besándolo, le puso el jugo en su boca.
Sintió que su deseo despertaba de inmediato.
La joven entre caricias y juegos le llevó al clímax. Cuando esta se sintió satisfecha, se dirigió al muro, de allí, descolgó un látigo y lo azotó mientras él suplicaba en vano. Perdió el conocimiento, al volver a despertar, las heridas palpitaban por todo su cuerpo.
La otra mujer llegó entonces, con voz triste, le hablo en un susurro.
- Lo siento, dijo. Mi hermana es malvada y me obliga a hacer estas cosas que yo no quiero.
Después aplicó cariñosa bálsamo por su piel desgarrada.
Enseguida se sintió mejor.
La chica le dijo que tomara una poción.
- Te ayudará a bajar la fiebre.
Él se dejó hacer, sintiendo que la chica podría ser su única salvación.
Le pidió agua, ella, solícita fue a por ella, al poco reapareció, con agua fresca y un plato con carne asada.
Le ayudo a comer y le prodigó caricias y besos. Se amaron, con dulzura, sin prisa, parando el tiempo.
Volvió a dormirse, volvió a despertar y volvió a repetirse todo otra vez.
Latigazos, hierros al rojo...
La hermana malvada, saciaba y saciaba sus apetitos carnales y luego lo torturaba. Después, la otra lo curaba amorosamente y se amaban.
El tiempo fue pasando y las atroces torturas fueron llenando su cuerpo de cicatrices.
Ya no sabía cuanto tiempo había pasado, pero después de una sesión especialmente cruel, su torturadora le obligó a tomar otra pócima, se sintió morir, notaba como su cuerpo se iba transformando, sus músculos, sus extremidades, todo crecía y a la vez le provocaba un dolor irresistible. Presa del pánico forcejeó con sus cadenas y las arrancó de sus anclajes, derribó la puerta de su celda y huyó.
Vagó por el bosque, pero los animales huían de él, así que acabó por cazarlos para sobrevivir. Al fin, una noche acabó frente a la puerta de su casa. Estaba abandonada y oscura, entró en ella y el espejo de la entrada le devolvió el reflejo de un ser deforme y monstruoso.
Lloro desconsolado, luego prendió fuego a la casa y se internó en el bosque para no volver.
Nunca supo que había sido presa de unas Lamias, a las que su madre robo un peine de oro.
Fin
Rafa Marín

martes, 23 de julio de 2019

Tu perfume

Si el dulce perfume de tu ser,
por un momento yo sintiera,
en mis labios y su insaciable sed;
nadie más feliz que yo hubiera.
De tu risa carmesí su palidez,
cual infierno que te quema,
gotas de pasión en su correr,
que menos yo, besa cualquiera.
Tú, eres mi desdicha mujer,
dulces cantos de sirena,
siempre ahí,
sin decir ni prometer.
Sin dar a mi aliento y su quimera,
ni esperanzas ni tierra,
en las que mi amor verter,
cual manantial que te riega.

Rafa Marín

A veces pienso

A veces pienso y, sé,
que mi mundo nunca será perfecto.
Para mentir, la facilidad del gesto,
una mano tendida,
que sólo señala con el dedo.
Mi verdad, está tan escondida,
nunca mis problemas cuento.
Ya me cansé de luchar,
ya por fin me hice viejo;
cartas del lupanar,
perdidas marcas de guerrero.
El ayer me invitó, me dijo ven,
ahí tienes otra oportunidad.
Pero ni por eso, quise más y más,
marejada desarbolando veleros.
Una furia furiosa,
el vendaval de los cuatro vientos.
Rafa Marín

sábado, 20 de julio de 2019

Perdido en la tarde

Y mientras la tarde pasa, imagino,
porque sólo eso me dejan tus ojos.
¿Por tu cabeza qué pasará?
Sueños sin cumplir, en esta hambre,
que voraz incitan mis demonios.
Miro la carretera, ¿a dónde no llevará,
si una noche nos sorprende
entre casuales insomnios?
A veces, la puta curiosidad
y otras, este siempre buscar binomios,
un juguete para destrozar,
una hermosa flor olvidada en el otoño.
Pero la tarde insiste en pasar,
dragones entre rosas blancas,
manos vacías y un árbol talado.
No trae retoños, sólo sombras y soledad.
Simulando que es otro antojo y así callar.
Rafa Marín

Mirada

De este mar solitario,
que son tus ojos al mirar,
se encienden por un momento
los delicados pétalos de sal.
Quizás estén ya lejos;
aruroras sin manantial,
los más bellos recuerdos,
de una playa en Trafalgar.
Hoy, cuando visitas al espejo
y éste se negó a mirar,
quisieras ser playa que invita,
con un susurro a naufragar.
Mil soles del descontento,
sueños rotos nada más.
Un quejido que nació muy dentro,
como tan profundo es tu mar.
¡Ay!
De amarte nadie se quiere acordar.
Niña en tu sufrimiento,
dulzura de mujer al despertar.
Rafa Marín

La esperanza

Perder la esperanza siendo un niño,
morir entre el barro y las alambradas,
con el reflejo lejano y nítido
de una hermosa noche estrellada.
Trepar hasta las copas buscando nidos,
para romperse entre las ramas bajas;
juventud que al nacer ya se ha ido,
como se fueron miedos y madrugadas.
La verdad como brote de frágil hierba,
que al despuntar es cubierta de bosta,
pero que ni el tiempo y su pasar entierran.
Ayeres que en el recuerdo se agotan,
luchando para que no se pierdan,
rezando cada noche para que vuelvan.
Rafa Marín

Los mastines ( relato corto)

Encendió la luz del porche y salió desnuda al fresco de la noche. Los dos mastines que guardaban la casa acudieron dóciles y fieles. Ella miró la profundidad de sus ojos. Sintió un escalofrío al pensar como sería el ataque de estos dos imponentes ejemplares.
Como movidos por un resorte, ambos animales giraron la cabeza hacia la oscuridad circundante y de inmediato corrieron hacia negrura, en silencio, como dos fantasmas.
La mujer sintió miedo y se refugió en el interior de la casa, cerró con lleve y fue a buscar el revólver que guardaba en el cajón del escritorio. Un aullido feroz rompió el silencio nocturno.
Se agazapó en un rincón, a oscuras, vestida con el pavonado revólver negro. De afuera llegaban aullidos y lastimeras quejas, barullo de pelea y después el silencio.
La mujer no se movió, poco a poco fue clareando el nuevo día. Más cansada que asustada, se vistió. Siempre con el arma en las manos, salió al jardín. Caminó por los alrededores, descubrió un rastro de sangre, y un poco más adelante a los mastines muertos. El rastro de otro animal se alejaba. Ella, amartillando el arma avanzó, unos metros adelante había un enorme lobo, estaba malherido, los mastines hicieron su trabajo. Se acercó con precaución, la invadió un sentimiento de lástima. Disparó a la fiera a la cabeza y se volvió a la casa, abatida, casi llorando.
Se metió bajo la ducha y se frotó con furia, como queriendo arrancarse la sensación de culpa.
Llamó a la policía y comunicó el suceso. Al rato, apareció una patrulla rural, se hicieron cargo de los animales muertos y se marcharon.
La mujer descolgó por segunda vez el teléfono, esta vez llamó a la tienda de animales, dio su nombre y número de cliente. Luego el encargo: dos mastines ya adultos y adiestrados.

Fin
Rafa Marín

martes, 16 de julio de 2019

Si por gozar sus encantos

Si por gozar sus encantos,
que mentirla yo tubiera,
no habrá mayor bellaco,
de boca tan zalamera.
Pues son sus dulces labios,
los que los míos desean;
un premio a mi descaro
y que el infierno me pierda.
No es mentira lo que digo,
es la verdad de mi corazon,
en cada uno de sus latidos.
No me impulsa otra razón,
sentir sus quedos suspiros,
mientras nos devora la pasión.

Rafa Marín

El carrito ( relato corto)

Se acercó desorientada, y con voz torpe y trémula, dijo:
- Joven, creo que me han robado el carrito de la compra. Es azul y tiene ruedas blancas.
El chico que atendía la caja del supermercado, miró con cansancio a la encorvada figura de la anciana.
- ¿Está segura?
Pregunto sin interés.
La pobre mujer no lo recordaba, pero cada día desde hacía dos semanas, se acercaba a su puesto de trabajo con la misma historia.
Por alguna razón, el chico que apenas llevaba un mes en ese trabajo, mientras miraba como se alejaba la señora, reclamó la atención de la encargada. Le informo de la anciana y su queja diaria.
La encargada, lo miró entre sorprendida y risueña.
- ¿Qué anciana es? Preguntó mientras señalaba el local completamente vacío.
- Esa, comenzó a decir, mientras miraba al largo pasillo sin clientes.
-No entiendo, continuó diciendo, estaba aquí, hace un momento y ... decidió callarse.
La encargada se alejó, negando con la cabeza.
Llegó la hora del cierre, hoy le tocaba cerrar, el chico, accionó el interruptor que bajaba las persianas y luego, fue recorriendo los pasillos uno a uno. Por un momento creyó ver a la vieja, pero no. Mientras iba apagando luces, pensó en lo curioso de la situación y de como poco a poco aquella señora confundida se había transformado en una vieja chiflada que le había hecho quedar mal.
Salió a la calle por una pequeña y pesada puerta blindada de la parte trasera. Esta daba a un callejón estrecho y mal iluminado, en el que para su mayor congoja, se hacinaban aquellos seres olvidados por dios.
Recorrió aquel trozo de infierno casi a la carrera, pero nadie le molestó, ni siquiera se percataron de su temerosa y urgente figura.
Justo antes de llegar al final del callejón, descubrió una luminosa apertura en la alta pared que rodeaba un solar, que soñaba con ser algo más, pero que aparentemente, nunca sería nada más.
Miró un instante a aquella grieta de luz, pero no se decidió a asomarse.
- Otro día, casi dijo en voz alta.
El joven, no volvió a ver a aquella señora, el trabajo del supermercado le ayudó a terminar su carrera y años más tarde, ya asentado como un detective de homicidios, recibió aquel aviso.
Se dirigió al callejón donde las luces azules y naranjas le señalaron el lugar del macabro hallazgo.
Sacó su placa y cruzó la cinta amarilla que demarcaba el lugar. Un agente uniformado, mediante señas le indicó la abertura en el muro, casi al final de aquel callejón que le había despertado miedos en su juventud.
Asomó la cabeza y notó el olor, dulzón y pegajoso de un cuerpo en descomposición.
Los técnicos forenses, había unos 10, se afanaban en su trabajo. Uno de ellos se le acercó, se saludaron por el nombre y, ambos sonrieron con desgana.
- ¿Todo esto, por un cadáver? Preguntó el policía.
El técnico lo miró sorprendido.
- ¿No te han informado? Hay un cadáver por carrito, dijo bibujando un arco con brazo.
El solar, iluminado a penas por varios focos, mostraba a primera vista unos 40 ó 50 carritos de la compra, todos azules y con ruedas blancas.
En un rincón apartado, custodiada por dos agentes, había una anciana, en cuyos ojos brillaba diabólica la luz de la locura.

Fin
Rafa Marín

domingo, 14 de julio de 2019

La miro sonreir

La miro sonreír mientras se aleja.
Ella, constantes arenas del tiempo,
única verdad que a todos nos acerca,
me hace un guiño, como diciendo:
tú espera; porque mañana seré vereda,
un camino solitario que recorrerás.
Pero hoy saluda y como siempre,
sonriente y misteriosa se va.
Me quedo quieto y la saludo cortés
y extasiado y temeroso y vacio.
Otro día más de estar para ser,
otro para levantarme y caminar.
Quizás uno menos para saber,
¿quién sabe que pasará?
Sólo ella con su magia,
con su presencia inagotable
y constancia diaria.
Ayer, entre vidas la olvidé,
pero hoy ella me ha recordado.

Rafa Marín

sábado, 13 de julio de 2019

Locuaz

Locuaz como una niña,
que caprichosa invita a soñar.
Como aquella tierna ninfa,
que en su arroyo,
dejó sus lágrimas brotar.
Locuaz, mi dulce chiquilla,
dejándote sólo amar.
Sin dar a tus labios el gusto,
de los míos querer besar.
Locuaz, como esta mañana,
que tanto añoras amar.
Locuaz, como esas promesas,
amenazas que sé, que no cumplirás.

Rafa Marín

viernes, 12 de julio de 2019

Me atropella

Me atropella el silencio de su boca,
esa mirada incierta,
que sin decir me nombra.
El temblor de sus labios,
es como ese volcán
que quiere ser por un momento,
ardiente fuego que explota,
pero baja los ojos
y se afana en otras cosas.
¿Qué podría decirme,
que mis ojos no supieran?
Amores sin tregua ni cordura,
de San Juan mil hogueras.
Rafa Marín