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domingo, 6 de enero de 2019

El Miura (relato corto)

La mañana, tras una semana de lluvias se presentó luminosa, casi radiante y algo ventosa. A la puerta esperaba Pepe y su capazo, mientras mamá acababa los bocadillos, yo miraba con admiración aquella navaja de cachas negras y su pequeña ancla. Íbamos a por espárragos.
Caminábamos en silencio, a veces es mejor escuchar lo que cuenta el campo que las palabras vanas. Al rato abandonamos el camino y cruzamos la acequia, sorteamos la alambrada y comenzamos a buscar Trigueros con afán.
- ¡Uno! Grite y de inmediato callé avergonzado, en las manos de Pepe asomaban al menos una docena y en las de mi padre el doble, sino más.
Poco a poco nos fuimos adentrando entre las retamas y los espárragos fueron creciendo en mis manos hasta que no podía abarcarlos.
Sobre las diez o así me pareció a mí, nos juntamos y tras comprobar la paridad de la recolección sonreí y tomé con gusto el bocadillo que me alargaba la sonrisa satisfecha de mi padre.
Tras comer con gusto y beber con sed de desierto me puse en pie. El sol calentaba y distraídamente me acerqué a la esparraguera y corté los tres espárragos que despuntaban; un premio extra pensé a la vez que me giraba y los mostraba. Muy bien, niño, saludo Pepe y reconozco que sentí orgullo y algo de pique. Pero qué más daba, estaba ahí, con ellos y con mi navaja.
Reanudamos la recolección y poco a poco más y más espárragos iban pasando del suelo a nuestras manos. Siempre con la vista en el suelo y desplegados en abanico comenzamos el ascenso de una loma cubierta de retamas y carrascas. De repente, Pepe, con una voz hasta ahora desconocida para mí, gritó.
- ¡Un toro! Y corrió loma abajo como alma que lleva al diablo. De reojo vi a mi padre subir a una encina que estaba algo lejos de mí. Corrí tras Pepe, caí y antes de tocar suelo volvía a correr, conté tres caídas y como la alambrada se acercaba rápido.
Pepe la salto y juro que ese salto fue una admirable demostración de agilidad, pero lo sorprendente es que segundos más tarde paseaba a su lado.
Atrás quedaron: una alambrada y dos acequias de al menos tres metros de ancho cada una.
Mientras recuperábamos el resuello con las manos apoyadas en las rodillas, vimos como mi padre bajaba caminando tan a su ritmo de cazador de acecho.
Al llegar a la alambrada, se nos quedó mirando y tras ladear un par de veces la cabeza, rompió a reír. Miró a Pepe y luego a mí y comenzó a descojonarse como nunca había visto reír a nadie.
Señaló a Pepe y le dijo,
- Anda Miura, vamos a seguir y antes de gritar toro, comprueba que tiene huevos y no se va corriendo asustado.
A las tres estábamos en casa, con un macetón enorme y hambre de dos días.
Aquella tarde, sentí la mirada de mi padre, y por una vez no había en ella la oscuridad de otras veces. Me llevó otras cuantas veces más con él, pero no hubo anécdotas que contar.


Fin
Rafa Marín

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