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lunes, 16 de abril de 2018

El cura (relato corto)


El cura



Cómo cada domingo, entró en el pueblo a caballo, una hermosa yegua baya de crin rubia y pelaje claro, todos lo miraron, completamente vestido de negro; desde el sombrero hasta las botas, salvo el alzacuellos, que relucía con un blanco inmaculado.

Pero esta vez, todos quedaron atónitos; de su cintura colgaba, como un insulto, un revólver negro con culata de cachas de madera de sándalo. Pronto se corrió la voz, el pobre cura, desoyendo la advertencia del cacique, se presentaba en el pueblo dispuesto a dar su sermón, y al parecer, dispuesto a defender su vida.

En su cara no quedaban ya marcas de la paliza recibida tres semanas atrás, cuando los hombres del terrateniente lo sacaron del púlpito lazado como a una res y le golpearon hasta que quedó tirado como un pelele en mitad de la polvorienta calle.

Descabalgó frente al único bar que existía, ató su montura a la barra exterior y mirando a su alrededor entró. Muchos se sintieron avergonzados, pues nadie hizo el mínimo gesto por ayudar a quien alzó su voz contra el tirano que abusaba de la fuerza para dominar aquella tierra y a sus habitantes. Él, no miró a nadie, pero los que le vieron de cerca, notaron que algo había cambiado, por lo menos sus ojos, que ya no parecían tener la dulzura e inocencia de la última vez.

Eran las diez de la mañana, se sentó en una mesa junto a la ventana y pidió café y huevos; desayunaba cuando un parroquiano se le acercó y casi cuchicheando le dijo.

- Padre, viene el señor Andrés y le acompañan tres de sus hombres, todos vienen armados.

Levantó la cabeza y miro al informante a los ojos; éste dio un paso atrás, muy turbado. Al poco, cuatro hombres se plantaron frente a la fachada del bar, sonreían, al parecer muy complacidos. Uno de ellos entró y dijo.

- ¡Eh! Tú, curita, sal que te vamos a espabilar, salió sonriendo; no se había percatado del revólver.

El cura terminó su desayuno y tras pagar se dirigió a la calle.

Los cuatro hombres de fuera, se sorprendieron al ver al cura con el revólver y después de un instante rompieron a reír. El hombre desde la tarima les miró y las risas cesaron, algo ya no cuadraba.

Con gesto presuroso, intentaron sacar sus revólveres; desde su posición, el cura desenfundó y los mató con cierta indolencia.

Todo el pueblo estaba en silencio, salvo por el ruido de una calesa que avanzaba al trote por la polvorienta calle; sobre ella un hombre vestido de negro de pies a cabeza, también llevaba alzacuellos y, en su cara se veían las marcas de la paliza que recibió tres semanas antes.

Se detuvo junto a los caídos, el hombre del revolver se quitó el alzacuellos y acercándose a la calesa se lo entregó al sorprendido cura. Con un simple:
- Toma, Luís, dio media vuelta, subió a la yegua y salió del pueblo.

Luís, miró a los muertos y luego gritó al jinete que se alejaba.

- ¿Por qué lo has hecho, hermano?

Pero no obtuvo respuesta.



Fin



Rafa Marín


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