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domingo, 21 de octubre de 2018

El castillo (relato corto)

El castillo se recortaba bajo la luz de la luna. Era presa de la vejez y de la falta de mantenimiento, pero aún se podía pasear por sus murallas y torreones, por sus amplias salas. En el patio de armas crecían los matorrales y las artemisas de flores amarillas.
El pequeño grupo de jóvenes llegó justo antes de la media noche. Cargaban con sus mochilas y linternas, con sus ganas de divertirse y porqué no, con la urgente necesidad de correr aventuras. En un rato montaron las 4 tiendas y una alegre fogata iluminaba el lugar.
La noche avanzó con lentitud y poco a poco se fueron apagando la fogata y las risas. La mañana amaneció entre espesas nieblas y los bostezos felices del grupo de chicas y chicos. Reavivado el fuego, todo se llenó con olor a café, tocino frito y pan tostado.
Durante el día, adecentaron el entorno, prepararon los equipos de grabación y diseñaron los experimentos que harían por la noche; si había fantasmas, los descubrirían y los grabarían, serían famosos y se les reconocería la dedicación y la investigación realizada.
A media tarde visitaron el castillo, recorrieron su soledad y dibujaron planos sobre él, para qué en la oscuridad de la noche no se perdiera nadie y todo fuera según lo programado, a estas alturas, nadie quería inoportunos accidentes y sustos.
La niebla se levantó, pero quedaron, como desvaídas telas de araña y algunos trozos del campamento continuaba entre la niebla sin despejar. El sol no calentaba y el frío parecía querer robarles la alegría.
Llegó la tarde noche y todo estuvo dispuesto en el castillo, se dejaron equipos listos y funcionando y todos se replegaron al campamento. Allí, al cobijo de la hoguera y entre susurros dejaron pasar la noche, nadie quiso o nadie pudo dormir.
De repente, en algún lugar de la oscuridad circundante, sonó un toque de tambor y sin más se desató el horror.
Aparecieron por doquier descarnados guerreros envueltos en raídos y descoloridos harapos, armados con hachas y espadas tan viejas y oxidadas como la luz de sus ojos muertos.
La jóvenes se tiraron al suelo, con los ojos cerrados e intentando acallar el fragor de la espeluznante visión.
Nadie supo decir cuánto duro aquello, pero cesó tan repentinamente como surgió.
Alimentaron con leña la fogata, hasta que las llamas se elevaron como un gigante enfurecido, en sus miradas y rostros, el miedo y nada más. El resto de la noche transcurrió silenciosa y lenta. Al amanecer fueron todos al castillo a recoger los equipos y sus resultados, pero no hallaron nada. Perplejos regresaron al campamento y allí otra sorpresa; todo estaba recogido y embalado, las mochilas dispuestas y una nota escrita sobre la tierra desnuda:
"Huíd, está es una tierra maldita habitada por malditos espectros"
En silencio tomaron todas sus pertenencias y se fueron.
Algún tiempo después, una tormenta azotó el castillo, se derrumbó parte de la muralla y los torreones se desvanecieron. Nadie visitó más aquel lugar y pronto quedó olvidado en la memoria de los hombres. Eso si, cada noche de luna llena, dos ejércitos de muertos recorrían el paraje entre aullidos y choques de armas.
Fin

Rafa Marín

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