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sábado, 25 de julio de 2020

Tu voz

Es hoy tu voz, eco.
Muro de granito y,
ante mis ojos miedo.
Va este cristal de la nada,
como un pétalo de sal,
su transparencia recorriendo.
A veces, tímido, fugaz brillo,
que asoma y volando,
es un azor que escapa.
Para en la noche volverse sueño.

Rafa Marín

Tiempo

Miro al tiempo,
capataz infatigable
y entre sus granos,
cual hormiga en su laberinto,
en pasos ciegos me pierdo.
Las horas que pasan
y siempre con los mismos sueños.
¿Por qué está sed no se acaba?
¿Por qué está ante mis ojos,
lo más bendito de tu cielo?
¿No ves lo que pasa?
Tú, ahí, bajo el sol tumbada
y yo, entre las agujas afiladas,
cual mariposa, muriendo.

Rafa Marín

martes, 21 de julio de 2020

El ángel (relato corto )

El verano iniciaba su andadura y como cada año, de los nidos del tejado llovían criaturas sin plumas.

A veces gorriones osados y otras, desahuciados por el tordo malévolo, pero raro era el día que un par de pajaritos no adornaban el suelo del patio.

La mujer, con sus cándidas manos los recogía, que remedio. La experiencia de cada año pasado se lo pedía.

 

Tenía preparado un cajón y restos de un viejo colchón de lana y cada vez que sus quehaceres se lo permitían, los embuchaba con pan migado en agua y leche.

Yo, huidizo siempre, me asomaba a mirarla.

 

Los pajaritos emitían incesantes, la letanía del hambre, a la vez que las plumas iban cubriendo sus cuerpos.

Los sacaba cada tarde al fresco de la sombra y entonces ocurría el milagro. Mientras la mujer (mi madre) se afanaban en el zurcido de sietes en pantalones y gastados calcetines, se llenaba aquella inmensa jaula de trinos de gorrión.

 

Madres todas, atrapadas por la osadía que sólo tienen las madres, bajaban al filo del cajón y miraban a la mujer. Se posaban a sus pies y también sobre su regazo y hombros.

Otras veces, a causa de la presencia del ogro, revolotean inquietas y feroces. Con constantes vuelos rasantes que invitaban a éste a marcharse.

 

Los pájaros crecían y se elevaban libres al cielo caluroso del verano. Yo, como digo, huidizo casi siempre, dejaba de sentir curiosidad y me embarcaba en expediciones al arenero o a los pocillos, aún a sabiendas del castigo que recibiría.

 

Una mañana, después de haber sido cobijado entre las ramas de aquel viejo olivo, (la noche fue tan cruel, que huí para no recibir, como siempre lo mío), al entrar en casa por la tapia del patio de los gorriones descubrí a la mujer, así la llamaba mi padre, tirada en el suelo.

 

Asustado y con tanta ira, que casi me parto la crisma al bajar, intenté acercarme a mi madre, pero de los aleros, igual que un enjambre de furiosas avispas, salieron los gorriones, no me dejaron hacerlo.

En vuelos imposibles y atronadores trinos, me rodearon y arrinconaron lejos de ella.

Desde el suelo, ella me miró, levantó una mano y susurró. 

- Es mi hijo.

El batallón de pájaros, dejó de acostarme y todos se posaron en torno a ella.

 

Por un instante, el sol del amanecer, reflejado en los cristales de una ventana, iluminó la escena y entendí, que esa mujer, pequeña y amable, no sólo era mi madre, también era un ángel, ya que por un instante, unas alas grises le brotaban de la espalda.

 

El verano pasó y aunque el ogro siguió con su lacerante faena, tuvo el doble de trabajo, ya que antes de pegar a la mujer, tenía que boblegarme a mí y a toda la furia que por él sentía.

 

Hoy, casi 50 años después recuerdo la escena, no puedo jurar que fuera realmente así, pero si recuerdo su cara y su mirada y a los gorriones que cada día, como osados paladines sobre ella se posaban.

 

Fin

Rafa Marín

 

jueves, 16 de julio de 2020

Nada

Nada calma esta solitaria mañana,
ni ladridos, ni ayes, ni nada.
Solo la fresca penumbra,
del desordenado despecho.
Sobre el suelo mi espalda
y sobre la silla,
esta pierna que me mata.
¿Dónde estás chiquilla,
qué no te refleja mi mirada?
Atrapada te imagino en otros mundos,
entre el ir y venir,
de mil putas olas de plata.

Rafa Marín

El otro silencio

Si hizo el silencio,
como se hace la nube,
como suenan los gritos,
en las olvidadas cunetas.
Allí, donde la amapola,
de rojo sangre se viste
y el trigo madura callado,
se hizo el silencio.
Sin incienso y sin boato,
sólo con ese dolor que dejan,
todos los que se marcharon.

Rafa Marín

martes, 14 de julio de 2020

Las palabras

Juegan las palabras,
mariposas de mi pecho,
sufriendo mil infiernos,
cuando tus oídos escapan.
Ellas son agua y resbalan,
como lluvia en los techos,
cien caballos sin freno,
recorriendo mi garganta.
Entre esos versos sufridos,
sin las medidas que acotan,
siempre ellas han nacido.
Como estrellas que rotan,
a veces saetas de cupido
y doloroso grito otras.

Rafa Marín

lunes, 13 de julio de 2020

La vida y sus acordes

Los acordes se funden,
con el temblor de la casa,
las paredes que crujen,
con cada tren que pasa.
Ya no hay risas de carpa,
solo viejos que se reúnen,
a la vez que los consume,
una vida que se les hizo larga.
Voluntades grises perdidas,
bajo torridos porches,
un torrente que nada arrastra.
Y el caudal de la calle,
es sólo otro mar que ruge.
Mareas que vienen y van,
para morir en la playa.

Rafa Marín

domingo, 12 de julio de 2020

Ellas

Se miran y ríen sin parar,
mientras la noche las llama,
cuando les cantan las olas del mar.
A veces furtivas las miradas,
un secreto quieren guardar y otras.
tan encendidas y descaradas.
¿A quién quieren engañar?
Si en sus pechos nace la llama,
que en éxtasis las envolverá.

Rafa Marín 

viernes, 10 de julio de 2020

El diario (relato corto)

Recorrió con la mirada el paisaje, admiró por un instante la belleza salvaje de aquella desolación. Un campo de cenizas humeantes y el atronador rugido de un monte a punto de colapsar.
- Que hermosa puede llegar a ser la muerte, pensó.
Luego, dándose la vuelta, descendió hasta elmar.
En la orilla, las caras aterrorizadas de la tripulación soltaron al unísono un suspiro.
- Nos vamos, dijo.
Horas más tarde, en mitad de la noche se oyó un bramido y el horizonte tomó el color rojo de las puertas del infierno.
Hoy lo recordó, la lejanía en el tiempo se hizo dolorosamente presente.
Cerro su diario y miró el vergel que rodeaba la casa.
Fin

Rafa Marín

Si pudiera

Si en esta fría ventana,
mi verdad más pura,
la de la simpleza cruda,
pudiera gritar sin fama.
Si de esta soledad sin cura,
porque no es cuestión de compaña,
sino de esa vida que no engaña,
entre silencios tan oscura.
Que feliz, de ser, se augura,
mostrar sin temer, con prisa.
Decir al mundo, fui y soy de esta guisa
y a ella le di, del tiempo su hermosura.

Rafa Marín

jueves, 9 de julio de 2020

El secreto (relato corto )

El grupo de soldados y personal civil, avanzaba sobre las vías del metro. Sobre ellos el techo temblaba, el martilleo de la artillería era constante.

Rezagado, apenas un centenar de metros por detrás, otro grupo, se afanaban en proteger a quien parecía un anciano.

- Ya casi estamos.

La explosión alcanzó al grupo de cabeza y la luz inundó el túnel.

El grupo rezagado pasó junto a los muertos y heridos. Estos fueron ejecutados. Nadie debía quedar atrás y vivo, mantener el secreto era de vital importancia. Por fin, al final del túnel se veían los aviones.

Un operador de radio, dio un nombre en clave y una orden escueta. El aeropuerto no debe caer en manos del enemigo antes de la media noche.

El anciano asintió y dejó escapar una sonrisa malévola.

- La historia me dará la razón, dijo y se sentó sobre una piedra. Se sentía agotado.

La oscuridad lo cubría todo, patrullas de soldados con una media luna colgada al cuello, mataban a todos los que posaban acercarse a un avión. Cuando recibieron a la pequeña comitiva, se sintieron por una vez algo más que simples asesinos. Él les saludó con desgana al subir al avión. 

- Lo hemos logrado, gritó una mujer.

Comprendió tarde que no había un sitio para ella en Junker que estaba a punto de despegar.

- Es una desertora, dijo el anciano a los policías militares, es vuestra, haced lo que queráis con ella.

El resto, junto con el anciano subieron al avión. 

Al poco la ciudad en llamas quedó atrás.

El destino de este era un secreto, nadie supo nunca que despegó, como nunca supo nadie, que horas más tarde se estrelló contra un poco montañoso de los Pirineos.

 

Fin

Rafa Marín

 


El amor (tú)

El amor es un trozo de astilla,
clavada muy adentro.
Un clavo al que asirse,
pero que está ardiendo.
El amor son mil espinas,
mil gotas del cielo cayendo.
El amor eres tú cuando suspiras
y mis ojos que te están viendo.
El amor no sabe de mentiras,
porque él siempre es sincero.

Rafa Marín 

lunes, 6 de julio de 2020

Esta noche

Hay un cielo que es negro,
una luna que sin pudor brilla.
También una chiquilla,
suspirando entre deseos.
Mi voz que otra vez chilla,
perdidos ya todos los miedos,
cuando escribo estos versos,
que mi mente imagina,
aunque no la estoy viendo.
Tengo mil batallas perdidas,
entre las noches sin sueño.
Un alambique que destila,
esta vejez que está viniendo,
sobre un corazón que sintiendo,
se aferra a lo que no es vida.

Rafa Marín 

miércoles, 1 de julio de 2020

Oda al mar

A la espúrea fatiga de tus olas,
cuando rompen sobre la orilla,
quisiera decirle de forma sencilla,
estos cuatro versos que mi boca ora.
Espuma blanca que se decora,
bajo cielos que nadie mancilla,
con el grito feliz de las chiquillas,
cuando tu humedad las arropa.

Rafa Marín

martes, 30 de junio de 2020

Arroyo

Sobre ese lecho de rocas,
que pasando hace brillar,
va despertando mil vidas,
con el fresco de las sombras.
Canto que al pasar decora,
de mi boca su cantar,
en estos versos que lo adoran.

Rafa Marín

Tus deseos

Corren junto a su sangre,
mil deseos con miedo,
que no son más,
que perdidos instantes,
esparcidos por el cielo.
Corren, siempre burbujeantes,
como agua en los arroyuelos.
A veces gritando espumante
y otras como un simple eco.

Rafa Marín

Ojos y miradas

El azul del cielo al anochecer,
ese es el color que quiero,
cada día en tu mirada.
Quizás también, como no,
ese color café, que se derrama, 
bajo mil estrellas en la madrugada.
O simplemente:
unos ojos color miel,
cuando miras extasiada.
Y por querer, como no querré,
unos verde esmeralda.

Rafa Marín

lunes, 29 de junio de 2020

calurosa la tarde

Calurosa la tarde,
entre piel y sudor se va.
Con una agridulce mirada
y un paseo junto al malecón.
En rojo las nubes arden
y las brillantes olas de espuma y sal,
pronuncian en cada vaivén tu nombre;
que mi boca no puede nombrar.
¡Ay!
Que calurosa es la tarde,
cuando de su brazo te vas.

Rafa Marín

lunes, 15 de junio de 2020

La herencia 2 (relato corto)


Segunda parte del relato.

 

Con la mayor discreción de la que fui capaz, me dirigí a la susodicha mina. Tras viajar primero en avión, realizando escalas por todo el mundo, con el único fin de borrar mis huella, acabé por dar un rodeo de miles de kilómetros. Aún y así, el último tramo lo hice en un automóvil que compré en un concesionario de vehículos de segunda mano.

Fue un viaje de cinco días y cinco noches, transitando siempre por carreteras de mala muerte, todo por el afán de no ser detectado.

Al llegar a tan misterioso lugar, bueno, la verdad es que me sentí decepcionado. La mina, no era más que un polvoriento agujero, eso si, muy bien disimulado en un lugar ya de por sí, alejado y discreto.

Después de tanto afán y kilómetros, no me quedó más opción que adentrarme en sus misterios y explorarla. La galería principal y única, estaba muy bien entarimada, el tío André, fue meticuloso en eso y yo se lo agradecí con una suspiro de alivio.

Encendí una pequeña linterna y avancé hacia el interior de lo desconocido. No habría caminado mas de cien metros, cuando me llevé la primera sorpresa. En un lateral de la galería vi una puerta, por supuesto cerrada, pero que se abrió al primer intento de forzarla.

Dentro de la sala que cerraba la desvencijada puerta encontré todo lo necesario para subsistir por algún tiempo, además de picos, palas, carretillas, cedazos y bujías para iluminar la mina. También encontré un arcón de madera semioculto entre la comida enlatada. Al abrirla, una sorpresa más, en su interior una canana con dos revólveres y munición. Ahora estaba intrigado, así que tras comprobar las armas, me ajusté la canana y tomando pico y pala, las coloqué en una carretilla, encendí una de las bujías y me adentré bajo la montaña esperando nuevas sorpresas.

Caminé durante mucho rato, no sé cuanto, pero me pareció que varias horas, hasta que la tenue luz iluminó el final de la galería. Levanté la lámpara y quedé paralizado por el asombro. Entre las rocas y tierra se destaparon a la luz los brillos de las piedras preciosas. Los colores verde, amarillo, azul, rojo o simplemente brillantes decoraban aquella pared.

Comencé a picar con cuidado y pronto perdí toda noción del tiempo. Por fin, la imposibilidad de levantar el pico me hizo parar. Desde la última vez que había mirado el reloj antes de entrar en la mina, habían pasado 15 horas. Con más de 30 gemas en mi poder, decidí volver a la sala más eufórico que cansado.

Abrí una lata de comida y comí con apetito voraz, luego me quedé dormido.

dormía poco y mal, cada vez más pendiente de los posibles intrusos que pudieran venir a robarme mi tesoro, cada eran más constantes mis paradas para intentar oír los pasos de alguien que se aproximara y los ratos de sueño se convirtieron en un duerme vela agotador. Así entre la retirada de escombros, entarimado de la galería y obtención de tesoros, pasaron los días, las semana y los dos meses. Me di cuenta que transportar las piedras sin llamar la atención iba a ser un problema.

Dediqué horas a planear un sistema seguro para el transporte de las riquezas, ya que para que no se supiera de donde había obtenido las piedras, debía poner cierta distancia entre la mina y el posible lugar de embarque para el regreso. Mi última semana en la mina consistió en trabajos para disimular la entrada, esparcir los escombros y rebuscar entre estos cualquier gema que pudiese haber pasado por alto. Una vez satisfecho, tomé la carretera para volver a la odisea del regreso.

Me dirigí a la frontera, con más preocupación que prisa, hasta que una vez en el puesto fronterizo vi al agente. Le deje caer un par de billetes de cien $ y automáticamente desapareció el interés del agente por el vehículo, por mí y por cualquier contenido del maletero.

Poco a poco gané en confianza y así llegué al puerto donde contratar un contenedor y enviarlo a algún país desde el que poder mandarlo a otro y luego a otro, hasta hacer desaparecer cualquier pista de su procedencia.

Yo utilicé la misma técnica que usé para llegar y tras dejar atrás muchas fronteras y aeropuertos, llamé a Julio. Le indiqué que estaba en Panamá y que mandara un jet a buscarme.

Una vez en la finca vi las caras de asombro y preocupación de todos, mi aspecto era el de una persona literalmente deshecha, estaba demacrado.

Me dediqué a dejar pasar los días y a recuperar la salud que había perdido y así varios meses después, me notificaron la llegada del contenedor.

Este estaba cargado con muebles y cachivaches que se habían ido añadiendo a la vez que pasaba por los tránsitos portuarios, era imposible que nadie supiera su procedencia original y yo, destruí la documentación nada más la tuve en mi poder.

Guardé en la caja fuerte el tesoro que tanto me había costado conseguir, excepto dos diamantes de regular tamaño que regalé a Antonia y un par de berilos y un rubí que reserve para Julio.

Tras separar las esmeraldas, el resto de joyas se quedó a buen recaudo.

Una noche, en la que sólo quedaron en la finca los agentes de seguridad, tomé las esmeraldas y bajé a la cripta, donde hice el ritual colocando las esmeraldas en torno a la urna con las cenizas del tío André.

Me dedique entonces a disfrutar de la herencia, viajé y descubrí un mundo muy distinto al que conocía. Goce de los placeres y de las más hermosas mujeres, pero en mi cabeza sólo había un anhelo, volver a la mina.

El tiempo fue pasando y yo conforme se acercaba el día del regreso, fuy preparando la expedición. La reposición de la comida, unas mejoras en cuanto al confort del habitáculo y mejor y más eficiente tecnología.

Los días pasaban lentos y en mi mirada se empezaba a notar la desesperación.

Por fin tras la larga espera y con todo dispuesto para la vuelta, llegó el día.

 

fin de la segunda parte.

 

Rafa Marín


domingo, 14 de junio de 2020

Espera

El trigo amarillea en la pradera,
mecido por la brisa que ya llega.
Sueña una madre conn sus hijos,
quizá quiera la suerte que los vea.
Allí, donde el mar golpea,
donde las playas son sangrientas,
se dibuja en los ojos el infinito,
porque la parca lo besa.
La maldad gobierna esos sitios,
que grises se volvieron marea,
teñidos de brutales sacrificios,
sus voces guturales airean.
Y la madre aún en su soledad espera,
que en la guerra no los hagan añicos.

Rafa Marín

sábado, 13 de junio de 2020

La herencia (relato corto)

Escribo esta carta, esperando que mis impresiones en ella sean testigos de los hechos que creo voy a padecer.

Llevo 3 noches sin dormir, aunque aún no ha sucedido nada, cada vez noto más la presencia del ser. A veces creo que me estoy volviendo loco, pero será mejor ir al inicio.

Todo comenzó hace unos tres años, cuando sonó el teléfono móvil. Fue algo inesperado y al principio, creí que la fortuna me había sonreído.

Como decía, el teléfono sonó, justo al salir del edificio de oficinas donde acababa de ser despedido.

Un tal señor López, me notificaba el repentino fallecimiento de un tío lejano, el tío André, al que apenas recordaba. El tío André, me había nombrado su único heredero. Según decía mi madre, siempre fue un aventurero con mucha suerte y con una gran fortuna. El tal señor López, me dio la dirección de una oficina, en la cual, un notario me haría entrega de una cantidad importante de dinero, un billete de avión y unos documentos. 

Debía viajar hasta un pequeño pueblo perdido en las montañas de la cornisa cantábrica y una vez allí, firmaría como heredero, recibiendo la gran fortuna y posesiones del tío André. El viaje desde Barcelona a Oviedo, se hizo apacible, asiento en clase VIP y chófer a la llegada. El conductor del lujoso mercedes, un hombre recio, de pelo cano y aspecto impoluto. Lamentó el fallecimiento de mi tío y me puso al día sobre el sitio al que nos dirigíamos. Al parecer, la enorme mansión, así la describió, la mandó construir 10 años atrás, tras regresar de un viaje por los Andes, donde al parecer encontró una mina rica en esmeraldas y otras piedras preciosas.

El viaje hasta la mansión duró más de lo que esperaba y Antón, así se llamaba el chófer, hizo una parada para tomar un bocado y descansar.

Tras la parada, tomamos una carretera comarcal, estrecha y mal señalizada, que serpenteando entre añosos árboles, se iba adentrando en las montañas. Era otoño y la noche nos alcanzó justo a la altura de una verja de hierro, que se abrió ante nosotros con un tenue chasquido.

El camino de graba bordeado de robles, se abría recto y dejaba ver la colosal construcción a unos 3 km de distancia. Estaba completamente iluminada, pues se esperaba mi llegada.

Me sentía halagado y al ver alineados en el porche al personal de servicio, casi un rey. Después de la vida que había llevado, viviendo en un pequeño piso en un barrio pobre de las afueras de Barcelona, aquel momento me pareció sublime.

Lo primero que me llamó la atención fueron los tres hombres armados y los tres mastines, luego supe que ellos sólo guardaban la casa, por la finca se movían 3 equipos de 4 guardas cada uno que se repartían a modo de patrullas todo el perímetro de la finca.

Estaba tan emocionado que apenas recordé los nombres y funciones de cada una de las personas, excepto el de Antonia, una mujer adusta y de casi 50 años, el ama de llaves y encargada tanto del servicio como de la seguridad.

Ella, me acompañó a una habitación, de invitados. Pues aún no era el dueño legítimo de aquella fortuna.

Cené solo y después me fui a dormir a la habitación de invitados, que era casi tan grande como el piso en el que había vivido los últimos años.

A las 9 en punto de la mañana me despertó Julio, el iba a ser desde ese momento mi secretario y mi único amigo, me cautivó su mirada limpia y su sonrisa franca.

Tras el desayuno fui informado de que el funeral sería a las 12, aunque el tío André había sido ya incinerado, dejo ordenes al respecto.

Tras el rito, al que asistieron personas desconocidas hasta entonces por mí, se presentó el Señor Lopez.

Encargó a Antonia que preparara un almuerzo de trabajo en el despacho, así no necesitaríamos abandonar la reunión que aseguró sería larga y tediosa. 

Fui informado de las posesiones y estado actual de las finanzas. Participaciones en explotaciones mineras, cuentas corrientes y posesiones, distribuidas a lo largo y ancho del mundo. Firmé documentos, y tras varias horas de intenso trabajo, llegué a una conclusión.  Era posiblemente el hombre más rico del mundo.

Una vez fui puesto al día, llegaron las condiciones, esperé muchas y arduas, pero no fue así. Sólo había una.

Todos estaba a mi disposición y era libre de hacer lo que quisiera con una excepción, en ese momento el señor López me entrego un sobre y su tarjeta.

- Llámame cuando esté listo, dijo levantándose y saliendo.

La carta decía esto:

Querido muchacho, hay una pequeña mina junto a (omito el nombre). Deberás explotarla tú solo, al menos durante 3 meses al año. Nadie, nadie deberá conocer su existencia y cada gema que obtengas será depositada en la cripta, junto a mis cenizas.

Pasé unos días en la finca, pensando y decidiendo que hacer. Tenía ganas de montar la mayor fiesta posible para mis amigos, pero descubrí que no tenía amigos.

Hablé mucho con Antonia y con Julio, y tras un par de semanas llamé a López. 

Le comuniqué que él sería el administrador y que Julio sería mi único secretario. También mi intención de recorrer las posesiones y que durante 3 meses al año estaría en paradero desconocido.

Disponía de un jet y varios helicópteros, todos con su tripulación y siempre listos para ser usados. Tras 2 meses de viajes y de conocer gente, decidí ir a buscar la mina.

Ni siquiera Julio supo a donde iba y aquí comenzó mi mayor aventura.

 

Fin de la primera parte

Rafa Marín 


domingo, 31 de mayo de 2020

Mis ojos

A mis ojos se abre este cielo,
que es el mismo que los tuyos ven,
quizás cubierto de velos,
quizás, porque no lo sé.
Hay en mi pecho un anhelo.
Hoy, para ti, ¿qué seré?
¿Otra puerta del miedo,
o una sonrisa del revés?
Yo imaginándome lucero
y tú, esa luna que no tendré.
No, mi boca no dirá te quiero,
porque la tuya no va a responder.

Rafa Marín 

La pesadilla (relato corto)

Despertó gritando, o al menos eso creyó, que había despertado. La habitación a oscuras, olía a sudor, a excrementos y humedad y a miedo. Sentía que su cuerpo no le pertenecía. En aquella oscuridad, se sintió solo, como sólo puede sentirse el reo en la cámara de gas. Se oían golpes metálicos amortiguados por los muros de su encierro. Puertas que se abren y cierran, pensó. Las puertas del mismo infierno. Con la creciente lucidez, volvió el dolor lacerante del costado y el de los pies y manos. Intentó moverse y tuvo que ahogar un grito. Que no sepan que estás despierto, se dijo, porque entonces volverán. Recordaba la cara de uno de sus captores y el susurro del otro. Recordaba el brillo del cúter y cada corte que éste hizo en su cuerpo. Una luz cegadora inundó la celda y una risa se dejó oír fuera de su campo de visión. - Vaya, ya ha despertado la bella durmiente. Un escalofrío recorrió su cuerpo y la patada en la espalda le rompió otra costilla. Golpes, amenazas, insultos y dolor, cayeron sobre él como el agua helada de una cascada invernal. No hubo preguntas, nunca las hubo, pero al ver las tenazas se echó a llorar. - Ven, que te voy a cortar los dedos, dijo el susurro con suavidad. Gritó llamando a su madre, una y otra vez, tantas como dedos vio caer al suelo, hasta que todo se volvió negrura y olor a heces. Despertó y la tenue luz del cuarto le de volvió el reflejo de su mirada en aquellos ojos tristes. - Tranquilo, mi amor, sólo es una pesadilla. Notó la humedad de sus lágrimas resbalando por sus mejillas. Temblaba todavía cuando se levantó y encendió un cigarrillo camino de su despacho. Compulsivamente se palpó manos y torso. Notó las viejas cicatrices y volvió a romper a llorar. - ¿Cuando acabará?, susurro. Se miró en el espejo y entonces pudo ver la cara de quien le susurraba en los sueños.

Fin

Rafa Marín 

sábado, 30 de mayo de 2020

Medianoche

La medianoche me lleva,
por entre las calles desiertas,
al ritmo de pasos cansados
y una boca hambrienta.
Cada esquina es un peligroso vado,
una corriente incierta.
Pero, por estas calles vago,
con mi lápiz y su libreta.
Siempre mudo y siempre gritando,
siempre con alma de piedra.

Rafa Marín 

miércoles, 20 de mayo de 2020

Noche

Del fondo azul oscuro de la noche saco:
a veces una lección no aprendida,
otras un sueño lejano y alguna vez,
la caricia tibia de sus manos.
No importa cuando, si hoy o ayer,
ni si las andaba buscando.
Son como esas pequeñas estrellas
que me vienen a ver;
con sus mundos tan lejanos,
sin orillas ni saber.

Rafa Marín