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martes, 11 de diciembre de 2018

El banquete (relato corto)

El temporal les arrojó a la playa, para el mar no pasaban de ser simples desechos. Cuando recuperaron el sentido, se vieron rodeados de un naturaleza exuberante. Todo era de color verde, salvo la arena blanca y el azul del cielo. Por doquier había árboles con fruta y los arroyos burbujeaban entre las piedras al descender entre la umbría de palmeras y matorrales. Sólo una cosa les incomodaba, no se oía nada; ni pájaros, ni pequeños animales huyendo, ni siquiera el volar atareado de algún insecto, solo la brisa sonaba.
Los primeros días se dejaron agasajar por el entorno, alegaban la mano sin más y tomaban cuanto deseaban. Pero el paso del tiempo les fue llevando a la realidad. Primero construyeron un refugio, aunque el clima no les invitaba a resguardarse, las frecuentes lluvias empezaban a incomodar. Luego vino el fuego, un arduo frotar y frotar, que tras decenas de intentos, al fin, una noche nubló a las estrellas.
Recorrieron la isla en todas sus direcciones y una tarde, en un profundo valle descubrieron la cueva. Era un lugar amplio y seco y lo más importante;  conservaba los restos de una hoguera antigua.
Este hecho les despertó esperanzas y también añoranzas, la idea de ser rescatados le sumió en un mundo de actividad. Prepararon en lo más alto de la isla una pira de leña e hierba seca, para prenderla en el caso de que avistaran un barco. Trasladaron su campamento a la cueva y por primera vez durmieron toda la noche sin ser despertado por la lluvia o por el viento.
Llevaban ya varios meses y una mañana, mientras vagabundeaban por una ladera, el el horizonte, a lo lejos divisaron lo que parecía ser un grupo de grandes barcas a remos. Corrieron monte arriba y tras un par de intentos fallidos, la puta al fin se prendió fuego. Arruinaron a las llamas hojas verdes y de inmediato una humareda negra se alzó en lo alto, casi pareció que las grandes canoas ganaban velocidad.
Descendieron a la cueva y prepararon con esmero un banquete frutal de agradecimiento.
Las canoas ya eran visibles desde la orilla y a ambos, les costaba borrar la sonrisa de sus caras; después de tanto tiempo iban a ser rescatados.
Las canoas, impulsadas por varios nativos acabó por llegar y un ambiente festivo rodeó el encuentro.
A base de gestos indicaron que venían de un archipiélago próximo y que realizaban la travesía una vez al año.
Se hacía de noche, así que se dirigieron a la cueva; ninguno de los dos observó las miradas cómplices entre los nativos.
Ana vez allí, el que parecía mandar la expedición, les hizo saber que harían un banquete de agradecimiento. Bien, pensaron ambos amigos, por fin algo suculento en el menú.
Murieron sin saber que ellos eran el plato principal de la cena. Las islas, ubicadas en lo más remoto del océano, hacía mucho que fueron desprovista de cualquier fuente de proteínas animales y que esa expedición anual, tenía como propósito encontrar náufragos para poder así comer su carne.

Fin

Rafa Marín

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